Capítulo 236 El arrepentimiento se le clavó como espinas en el corazón. Si pudiera regresar el tiempo, jamás la habría dejado ir. Jamás habría descartado a Althea con tanta facilidad, jamás habría permitido que quedara aplastada bajo la sombra de su obsesión por otra mujer. Pero el tiempo no se doblegaba. Y lo único que tenía ahora era la amarga verdad: él mismo cavó ese abismo.
Daven respiró hondo y cerró los ojos un momento.
Comprendió con claridad cruel: quizá esto era el destino. Quizá debía aceptar que Althea ya no era suya.
Y, extrañamente, debajo del dolor había un destello de consuelo. Porque sabía que Althea ahora tenía a alguien que reconocía su valor, alguien bondadoso como Chase Miller. Un sujeto capaz de protegerla, de valorarla, sin compararla ni menospreciarla. Eso era mejor. Mucho mejor que lo que ella soportó a su lado, al lado de quien solo le causó dolor.
Tal vez este era el precio de todos sus pecados. Ya no tenía derecho a acercarse. Ya no tenía derecho a forzar su entrada en la vida de una mujer que ahora brillaba más sin él.
Exhaló despacio, con la mirada fija en la pantalla por última vez, como si quisiera grabar su imagen en la memoria. La sonrisa de Althea en esa foto se sentía eterna, un recordatorio de lo que perdió, algo invaluable, algo que jamás volvería.
-Mantenme al tanto de la audiencia de divorcio con Vanessa. Quiero que se resuelva lo antes posible, que no se alargue -dijo Daven. Le devolvió la tableta a Arven-. Y cuando regresemos a Aethelis, voy a cambiar algunos de mis horarios de trabajo.
Cuando Daven decía eso, cambiar sus horarios, significaba noches interminables, reuniones una tras otra y probablemente nuevas rondas de negociaciones con inversionistas. Lo que también significaba tormento para Arven y cada departamento del Grupo Callister.
La forma que tenía su CEO de descargar la frustración era trabajar sin parar.
***
Al otro lado de la ciudad, un elegante auto negro se detuvo frente al vestíbulo del hotel. Althea bajó y uno de sus abogados la recibió con un pequeño ramo de flores. Él llegó antes en otro auto y la esperaba en el vestíbulo.
-Felicidades otra vez, señorita Althea. El fallo de hoy fue una gran victoria. Su nombre quedó limpio -dijo con una sonrisa satisfecha.
Althea inclinó la cabeza en agradecimiento.
-Gracias. Sin todos ustedes, no habría podido mantenerme tan firme.
-Y sin su valor, nada de esto habría sido posible - agregó Adrian-. Nuestro trabajo es acompañar a clientes que tienen la verdad y las pruebas para defenderla.
Intercambiaron algunas palabras antes de que Althea se dirigiera al vestíbulo. Pero cuando llegó a los elevadores, se detuvo en seco.
Ahí la esperaba un enorme ramo de rosas blancas, atado con un listón plateado, con su nombre escrito elegantemente en el centro.
Y, por supuesto, quien lo envió estaba al lado.
Chase la esperaba con una sonrisa tranquila y segura. Althea se quedó inmóvil, mirando el enorme ramo sin poder creerlo, y negó con la cabeza ante sus ocurrencias.
-Chase... ¿no crees que es demasiado?
Se rio en voz baja.
-¿Demasiado? No, cariño. Ni todas estas flores bastan para celebrar tu victoria de hoy.

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