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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 186

20 AÑOS DESPUÉS…

NARRADORA

—¡¡SIGRID!! —la voz ensordecedora de Zarek resonaba por todo el castillo oscuro.

Celine, sentada en la biblioteca leyendo, subió la cabeza sonriendo y luego continuó su lectura.

¿A saber qué travesura había hecho esa niña ahora con las cosas de su mate?

Como en efecto, el príncipe oscuro estaba echando chispas mirando la biblioteca secreta donde guardaba todo tipo de libros de hechicería oscura y prohibida.

Se llamaban prohibidas por algo, eran conjuros peligrosos, tenebrosos, con altos costos, por eso los tenía a resguardo de ciertas manitas inescrupulosas y ese cerebrito hiperactivo.

—Esta vez no lo dejaré pasar. ¡Sigrid, sal de una maldit4 vez! —Zarek dejó el subterráneo mientras toda su mente escaneaba el palacio, pero como siempre, esa Selenia revoltosa era definitivamente su archienemiga, la némesis de su poder, la única que podía esconderse incluso en sus propias tierras.

—¡Rousse, ven acá! —llamó a su comandante, uno de sus más leales sirvientes no muertos.

—¡Estás a cargo de esta zona, di órdenes explícitas de no dejar vagar a Sigrid por aquí! ¿Cómo fue que entró a la biblioteca prohibida?

Lo observaba con ojos rubíes, casi echando fuego de su interior.

—Su… su alteza, yo… fui a ayudar un momento, llevando este venado a la cocina —si la pálida piel de Rousse pudiera sudar, lo estaría haciendo profusamente.

Zarek miró con fastidio la canasta en sus manos, con carne ensangrentada, tapada con un trapo oscuro.

—A buen momento te pusiste a hacer de mozo. ¿Acaso te ordené servir en la cocina?

Zarek lo escucha balbucear; todo este desastre era obra de Sigrid y él fue el principal detonante.

Desde que nació esa Selenia, no sabía si era por ingerir tanto su sangre en el vientre de Valeria, pero la magia oscura era quien dominaba su poder.

Zarek se atrevería a jurar que era la reencarnación de las más poderosas hechiceras de antaño y para completar, siempre lo seguía como una colita para aprender hechizos, al punto de que casi hay otra guerra con Aldric.

Motivo: “estarle robando el cariño de su mini selenia”.

—¡Espera un momento! —detuvo a Rousse a punto de marcharse, algo no encajaba aquí.

—¡Gírate hacia mí!

Zarek observaba la espalda rígida de su comandante y más se convencía.

—¿Qué… qué sucede, señor?

—No puedo creer que tú también me hayas traicionado por esa mocosa —Zarek, no sabía si reír o estrangular a alguien.

—Sale.

—Príncipe, ¿qué está diciendo…?

—¡Que salgas de una maldit4 vez, Sigrid, o será peor después! ¡Sellaré por completo el castillo para ti!

Cada día se le quitaban más las ganas de tener descendencia, si ya con la hija de Aldric había tenido suficiente.

Una sombra transparente se desprendió con cara de fastidio, dejando del cuerpo del no muerto.

Fue materializándose al lado de Rousse que bajó la cabeza sabiendo que esto tendría consecuencias.

Cabello azabache corto, rozando su cuello, ojos grises astutos como un zorro, piel blanca, mejillas sonrosadas y labios rojos voluminosos.

Toda una belleza que podía encantarte hasta robarte el alma y luego hacerla pedazos entre sus garras.

—Cada día te vuelves más aburrido tío Zarek —Sigrid le dijo alzando una ceja y resoplando.

Esta vez estuvo demasiado cerca, pero esta momia de vampiro seguía siendo muy astuta y poderosa.

—¿Qué te ofreció para que me traicionaras? ¡Ahora no bajes la cabeza y dime de una vez! —Zarik le preguntó a su comandante que, en vez de mirarlo a él, observó de soslayo a Sigrid.

¡Esto era el colmo de la rebelión!

—Tío, ya no te enojes con Rouse…

—¿Acaso te permití hablar? —la Selenia enfurruñó la boca ante el parón de Zarek.

Aldric estaba tan celoso.

Su pequeña lobita siempre estaba más interesada en la magia abominable de ese chupasangre que en andar haciendo cosas de hombres lobos.

—¿Viniste a buscarme? —Sigrid lo miró con sonrisas en sus ojos iguales a los de su amado padre.

—No, vine… vine a hablar algo con Quinn —Aldric mintió totalmente para no verse expuesto.

Sí que tenía que hablar con Quinn, pero solo era una excusa para arrastrarla de regreso a su cueva.

—Bueno, vuelvo primero al castillo y te espero para irle a aullar a la luna.

—Oye no te burles de tu viejo padre —Aldric sabía que ella no tenía nada que ver con los licántropos, muy a su pesar, pero Sigrid siempre lo complacía.

—¡SIGRID HOY SÍ QUE TE DESPELLEJO VIVA! —de repente un estruendo se escuchó como eco por todo el castillo.

—Ay no, se dio cuenta —Sigrid rebuscó unas hojas que le había arrancado al libro y se escondió en un bolsillo interno de la falda.

—Papito, entretenlo un momento, ¿sí? Porfis.

—Cachorra, ¿en qué estás metida ahora?

—Hazme ese favorcito, ¿sí? —le dio un reguero de besos en las mejillas saltando para volver a correr y escapar.

—¡Te amo mi pelirrojo favorito!

Aldric negó viendo su cabello negro corto desaparecer por la puerta de entrada al castillo; esta niña le pondría el pelo gris en cualquier momento.

Por mucho que quisiera llamarla un ángel, era tremenda. Suspiró viendo cómo se enfrentaba a ese snob de Zarek y regresaba rápido para ver a su hembra y decirle que no se preocupara más por la revoltosa de su cachorra.

Se estaba pensando muy seriamente si quería más descendencia.

*****

Sigrid llegó hasta el bosque fuera de los límites del castillo y se recostó a un árbol, respirando agitada y sacando su botín para examinarlo.

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