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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 253

NARRADORA

Sigrid se alejó de su posesivo tormento, hablarían luego, pero las oleadas de malicia provenientes de Morgana le estaban llegando.

— Silas, no olvidemos que tenemos una espectadora, qué vergüenza – se giró hacia ella, observándola con una sonrisa torcida.

Morgana tembló por un momento recordando los dolorosos ataques de esta mujer, cada vez la abandonaba más la esperanza.

— Bien, acabemos con esto…

— ¡Espera! ¡Espera, te puedo dar algo a cambio, solo necesito que me dejes vivir! ¡Me iré lejos con mis hijos, te lo juro por la Diosa, todo el feudo será tuyo, nunca me verás más! – gritó de repente, ya tirando toda la dignidad por el suelo.

— ¿Me hablas del Libro del Risorgimento? – Sigrid le preguntó con ironía viendo el rostro contraído de Morgana.

¿De verdad pensaba que lo mantenía tan secreto?

— Yo puedo dártelo…

— Mi señora no necesita nada tuyo, lo que sea que haya en esta mansión le pertenece. ¿Puedo asesinarla ya? – Silas se giró hacia Sigrid, su paciencia era bien poca.

— Bien, esta vez no diré que no – Sigrid asintió, casi le pareció ver la colita moviéndose detrás del enorme peliblanco.

Era tan lindo su Silas.

Ella pensando en pajaritos rosas y Morgana gritando como una cerda en el matadero, cuando varios espectros comenzaron a rodearla.

Los sonidos espeluznantes de risas macabras y chillidos raros la hacían temblar, esos ojos, ¡esas cuencas vacías eran peores que las de sus arañas!

—¡NO, NO, SUÉLTENME, SUÉLTENME, ELECTRA SÁLVAME, SALVA A TU HERMANA! – gritaba todo tipo de incoherencias, maldiciones.

Quiso sacar el remanente de su magia, pero estaba siendo absorbida salvajemente por estas criaturas macabras que se metían bajo sus uñas, corrompiendo sus poros y la sangre en sus venas.

Las sostuvieron de los tobillos y las manos, estirándola en el aire, pasando lenguas oscuras por toda su piel.

—¡Quiébrenla poco a poco! – Silas se paró delante de Sigrid y ordenó con voz vibrante.

Sigrid lo miraba en medio de la vorágine de espectros, como… como un Rey… el Rey de los Espectros, justo lo que su corazón tanto comenzó a sospechar.

Esto, era una locura. La Diosa Luna estaba loca.

— ¡AAAHAAHHHH! – los gritos de Morgana resonaron en medio del caos.

Sus miembros siendo separados del tronco de su cuerpo, las articulaciones desgarrándose al ser llevadas más allá de sus límites, los huesos quebrados, la piel se estiraba como flecos de telas deshilachadas.

La sangre salpicaba la moqueta y las paredes.

Pronto sus brazos y piernas fueron engullidos por los espectros, separadas del centro, en medio de sus gritos de agonía por el desmembramiento.

Cayó al suelo desde las alturas, agonizando en un charco de líquido sanguinolento, el tronco y la cabeza, si fuese solo una elemental, ya estaría muerta por el dolor excruciante.

Silas llevaba en una mano la cabeza de Morgana y con la otra abrazó la cintura de Sigrid, no sabía a dónde se dirigían, pero él la seguiría hasta el fin del mundo si fuese necesario.

— Es como imaginé – dijo Sigrid al despejar el humo.

A sus alrededores, las paredes y el techo se desmoronaban, manchadas de negro, de hollín y quemaduras como cicatrices en el yeso.

Media mansión de Electra ardió en llamas, en partes del techo se veía el cielo, pero lo que no se veía, era el cadáver de Drusilla, ni siquiera las cenizas carbonizadas.

— Drusilla escapó, estuvo a punto de morir, pero sobrevivió – sentenció mirando al suelo, donde estaba la silueta de cuando cayó herida y luego pisadas que se alejaban con un rastro de sangre.

— Mi señora, la mandaré a buscar por todo el feudo si es necesario, ahora mismo – Silas les hablaba a los espectros que quedaron fuera.

— Bien, pero, creo que no podrás encontrarla. También que busquen un pasaje secreto en la biblioteca de Morgana, ahí debería guardar un libro.

Sigrid le pidió y Silas asintió.

Afuera el movimiento frenético comenzó y las sombras se escurrían por todos los resquicios de la mansión central y la de Drusilla.

La mayoría de los esclavos y sirvientes se escondían temblando dentro de sus barracas y habitaciones de servicio.

— Vamos, mi querido Silas, dejemos esa cabeza donde corresponde - caminaron hacia la entrada, las puertas estaban destrozadas, colgando de las bisagras.

Al salir al exterior, la Selenia, una vez más, se quedó estupefacta.

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