SIGRID
Después de varios rounds de enfrentamientos, al fin, las cosas más o menos se aclararon.
Silas y yo inventamos que éramos una pareja; nadie habló de mi verdadero origen, ni mencioné que era una hechicera.
Con suerte no me reconocerían, y los elementales no sentían el poder en los seres sobrenaturales tan fácilmente, por eso a menudo habían sido engañados.
Resulta que la señora era la curandera del pueblo, otra elemental, pero que conocía las plantas medicinales, ayudaba en los partos y tenía algo de conocimiento en medicina.
Al estar vacía esta cabaña tantos años, se la dieron para vivir, ya que prefería la tranquilidad, estar más alejada y cerca del bosque.
—Mi padre, él… debería ser el dueño de esta casa —dijo Silas de pie detrás de mí.
Ambas estábamos sentadas sobre la mesita cuadrada de madera que hacía de comedor.
—Eres el niño que fue robado de aquí, ¿cierto? —ella preguntó un poco más calmada.
Silas asintió con un susurro ronco.
—Tu padre… después de que te llevaron y tu madre murió por defenderte, él… se ahorcó —dijo suspirando, con el rostro complicado.
Me tensé subiendo la mano para apretar la suya sobre mi hombro.
—Está bien, tampoco me quedaban muchas esperanzas —me susurró entrelazando nuestros dedos.
Mi corazón lloraba por él. Cuanta injusticia.
—Entonces admito que eres el dueño legítimo de esta casa, ese es tu cuarto, pero yo no tengo dónde vivir y no me voy a mover de aquí —agregó de repente la curandera, así, con la cara bien dura.
Silas y ella se miraron fijamente, presentía que otra tormenta se avecinaba.
—Está bien, está bien, podemos vivir todos juntos —de repente dije la primera locura que se me ocurrió.
A todas estas, ya me había pasado por las nalgas que interpretaba a Electra De la Croix, una bruja malvada ahora dueña de todo un feudo.
¿Qué necesidad tenía de vivir con una señora desconocida en medio de la nada?
—Estaré donde tú estés —me dijo Silas, tranquilamente.
—Bien, creo que ya eligieron cuarto y todo, menos mal que duermo en el cuarto principal —dijo levantándose de su puesto y caminando encorvada hacia una puerta, que creo llevaba a la cocina.
—Por cierto, mi nombre es Mérida, puedes llamarme abuela Mel, como todos en el pueblo —me dijo amablemente. —Y tú, me llamas Sra. Mérida, maleducado —señaló a Silas con el dedo, bufando.
—Abuela Mel, su nombre es Silas y yo soy… Sigrid —le dije mi verdadero nombre, lo único real, rezando porque ella no conociera a Electra y me creyera.
—Bien, par de tortolitos, bienvenidos de regreso a la aldea “Lago de Nieve”.
La perdí de vista por la puerta; llevaba un vestido de cuadros y un chal rojo de lana, por encima.
Me quedé mirando el saloncito, unos balancines de madera desgastados, la vieja chimenea de piedra algo tiznada, algunas plantas de ornamento y la mesa de madera donde estaba sentada.
La luz del sol y el aire fresco del bosque entraban por las ventanas abiertas, llenando de olor a naturaleza cada rincón.
Una choza más bien pobre, sin embargo, tenía algo inexplicable, una calidez y tranquilidad que te hacía querer quedarte aquí para siempre.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...