NARRADORA
—¿Este es el pueblo de elementales donde naciste? —Sigrid se agarraba el sombrero de paja de ala ancha para que no fuese volado por el viento.
Habían salido después del almuerzo con Silas a recoger hierba fresca para los conejos.
Sus pasos los llevaron al borde de una colina hermosa llena de margaritas, abajo se veían las casitas de madera y piedra.
Se escuchaba el rodar de las carretas, el cacareo de las gallinas y las risas de los niños jugando en el campo.
—Sí, está igual a como lo recordaba, nunca lo olvidé como otras cosas —Silas miró con nostalgia hacia el horizonte, hacia el valle donde había nacido.
Sus mejores memorias en las noches oscuras, en las torturas más horribles.
—¿Has estado aquí? - le preguntó a Sigrid.
Su mano tomaba suavemente la de ella, el fajo de hierbas en un morral a su espalda y la hoz en la otra mano libre.
—Sí, aquí fue donde oculté al bebé, ¿recuerdas? El bebé que salvé cuando te conocí, el hijo de Drusilla —Sigrid se preguntó qué clase de coincidencia era esta.
—Bueno, después podemos ver si está bien —Silas la haló para sentarla sobre el tocón de un árbol recién cortado.
Se arrodilló delante de Sigrid y sacó el pan de pasas dentro del paño blanco limpio.
Esa vieja era una cascarrabias, pero al final cocinaba muy bien.
Se había quedado roncando en el sillón con la boca abierta después de atracarse en el almuerzo.
—Gracias —Sigrid sonrió tomando una porción del pan y acariciando el cabello de su peliblanco que se movía con la suave brisa de la tarde.
Él estaba sentado a sus pies, sobre el verde césped.
—Sigrid, Lucrecia me descubrió aquí hace muchos años porque había venido a buscar algo, más adelante, pasando el lago, hay una zona prohibida, nadie se atreve a entrar… —Silas comenzó a contarle.
A medida que Sigrid escuchaba, más y más se fruncía su ceño.
Se decía que cuando la Diosa Luna bajó a experimentar la vida de los elementales, la noche se sumió en completa oscuridad durante varios días.
En las sombras, sin nada de luz, una energía horrenda, maligna, comenzó a pulular y a formarse.
Con la ausencia de los rayos de luna, nació en este mundo esa magia tan corrosiva, como un parásito que infectaba los corazones vivos.
—Ella logró la manera de almacenar y controlar algo de esa energía, experimentaba metiéndola en los cuerpos de los elementales, es… es lo que metió también en mi cuerpo —Silas confesó, estremeciéndose frente a sus memorias.
Dolía, dolía tanto como si las venas se te fuesen a reventar.
Algo se arrastraba dentro de tu cuerpo, te destrozaba desde adentro buscando una salida, todos los agujeros sangraban, la cabeza llena de pesadillas y de monstruos.
—La mayoría de los elementales que morían, eran enterrados en esos árboles malditos, creo que esa misma magia fue la que infectó ese bosque y creó lo que tú llamas espectros, alimentados también por sus propios odios.
Sigrid asentía atando cabos.
Diosa, había que ser muy sádica para experimentar con esa clase de cosas y más en seres vivos.
¿Cuántos elementales habrían muerto?
¿Solo Silas había conseguido domar esa magia? ¿Y si había más como él?
El paseíto de la Diosa había traído tantas calamidades y luego, para arreglarlo, tachán, va y crea a los mayores depredadores para comerse a estas pobres ovejas elementales.
—No importa qué, yo puedo absorber esa energía maligna, como mismo hice con la que estaba en ese bosque, no temas, yo te protegeré —Sigrid lo miró tan llena de calidez.
“Mi vida, yo también soy una poderosa Selenia.”
Pero claro, él era el todopoderoso Umbros, la pesadilla personificada, el terror en dos patas… solo que ahora mismo el Rey de los Espectros estaba muy concentrado, limpiando suavemente las moras maduras para dárselas en la boca a su Selenia.
Sigrid le sonrió, sus ojos observando el tranquilo pueblo más allá.
Tantos cabos sueltos y peligrosos. Necesitaban pasar a la acción.
Hablaron de todo lo que Silas recordó que pudiese ser de ayuda, luego bajaron y visitaron el pueblo.
Ojos curiosos los observaban pasar, pero nadie se metió con ellos.
Sigrid guardaba muy bien cualquier detalle de magia, al igual que Silas, aquí las criaturas sobrenaturales no eran bien recibidas.
Tocaron entonces a la puerta de la casa que Sigrid recordaba.
El corazón de Silas comenzó a latir desbocado, si no recordaba mal, aquí vivían sus tíos maternos.
—¿Sí? —la mujer con el bebé en brazos se quedó congelada al verlo en el umbral de su puerta.
No importa si pasaban mil años, ella reconocería los rasgos de su hermana en la cara de su sobrino.
—¡Umbros! —exclamó, comenzando a llorar y abalanzándose sobre él a abrazarlo, lo mejor que le dejó el bebé.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...