EN EL REINO ELEMENTAL, ANTES DE QUE SILAS ABRIERA LA BARRERA AL REINO SOBRENATURAL
KATHERINE
El olor a humedad y a rancio impregnaba cada rincón de mi pequeño "cuarto" o, más bien, la celda que me retenía y ocultaba del mundo.
Me abracé a mí misma, sentada en una sucia esquina, temblando, pegando las rodillas a mi pecho.
Mis muñecas, en carne viva por las cadenas, y mis pies descalzos, se acompañaban de una mugrosa bata blanca sobre mi esquelético cuerpo.
Los dientes me castañeaban sobre la mordaza que me impedía hablar, y todo mi sistema estaba inundado por las fuertes drogas que ese hombre me inyectaba.
Laurence, mi “cuidador” o, más bien, mi verdugo personal en esta prisión.
Intenté respirar laboriosamente.
Sentía que me quedaba sin oxígeno; el pecho congestionado subía y bajaba con lentitud mientras mi mente comenzaba a divagar.
Odiaba sentirme así y las ganas de aferrarme a la vida se desvanecían cada vez más junto con mi fortaleza.
Pasos llegaron a mis oídos, y me tensé con odio. Seguro era él. ¿Qué tramaba hoy?
Esperaba que no viniese a hacer asquerosidades con mi cuerpo.
Para sobrevivir en este “Hospital de Retiro”, qué no habré tenido que permitir para poder comer un plato de comida caliente después de días de hambruna.
La cerradura fue manipulada con un tintineo metálico, y me pareció escuchar voces afuera.
Mis ojos, detrás de la máscara de cuero que cubría por completo mi rostro, observaron hacia la entrada.
Algo estaba sucediendo; era diferente al resto de los días.
Entonces, primero llegó su aroma floral, y mi corazón se agitó al reconocerlo.
Tacones resonaron en las baldosas de piedra, y la vi entrar a este espacio reducido y lúgubre.
Su cabello castaño recogido con elegancia, sus ojos también carmelitas miraron con disgusto alrededor hasta toparse con la bestia en la esquina de la celda: yo.
Sus ojos se abrieron con asombro, pero enseguida lo disimuló detrás de su expresión de hipocresía.
—¿Desea que me quede con usted, Duquesa…?
—Ya dije que no quiero que se mencione mi estatus, ni mi nombre —lo cortó con frialdad, sacando un delicado pañuelo del suntuoso vestido y colocándolo sobre su nariz con disgusto.
—. Déjenos solas y que nadie nos interrumpa.
Laurence asintió y cerró la puerta, dándome una mirada llena de malicia y planes ocultos.
A pesar de la máscara que llevaba para ocultar mi identidad, él ya la había retirado a escondidas una vez.
Sabía muy bien que la llamada “Duquesa” y yo éramos hermanas gemelas.
¡BAM! La puerta de hierro se cerró con un sonido sordo.
Ella se quedó de pie, en silencio, y mis ojos, a través de los agujeros, la observaron con odio y rencor.
Evalué la opción de levantarme y estrangularla con las cadenas que me apresaban.
La aborrezco con mi alma.
Respiro agitada mientras la ira me invade y veo en rojo.
Mis puños se cierran con tanta fuerza que las uñas se encajan en mi carne.
¿Cómo se atreve a pararse frente a mí? ¡¿CÓMO SE ATREVE?!
—Sé muy bien lo que estás pensando, Katherine —me dijo la muy cínica, con tranquilidad—. No vengo a ser perdonada. Sé que lo que te hice está más allá del perdón.
La miré, solo la miré.
No podía hablar, pero le grité en mi mente. El nudo en mi garganta y la tormenta en mi pecho se intensificaron.
—No es necesario que te manches las manos; el destino se ha encargado de eso —dijo mientras comenzaba a abrir los lujosos botones del escote de su vestido azul.
Deshizo los cordones de seda de su prenda íntima. No sabía qué pretendía esta malnacida.
—Estoy muriendo, como puedes ver —me dijo en voz baja, abriendo al fin la ropa y mostrando las venas oscuras como tatuajes malditos sobre su piel de su pecho.
—. No sé si me infecté con la niebla oscura que ronda en el aire y rodea el reino, o si simplemente… es esa cosa, y por no saber manejarla ni aceptarla, me está sucediendo esto.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...