FENRIR
“¡Te dije que no arde por la excitación, algo más sucede en su interior, no es normal, necesitamos enfriarla!”
Mi lobo rugió y pasé de estar cachondo a preocuparme seriamente.
—Abigail, nena, no me asustes, ¡reacciona…! —le hablé de cerca, pero de sus labios entreabiertos solo salían jadeos sofocantes.
Casi escocía en mi rostro de lo caliente que estaba su aliento.
Gemía, retorciéndose, y no precisamente de placer.
“¿Recuerdas esa grieta que encontramos por el camino y sentimos que era fría?” Gale me recordó la elevación rocosa que no llegamos a explorar.
Sin pensarlo más, la sostuve con fuerza y comencé a correr en esa dirección.
Llevándola entre mis brazos como una princesa.
Sentía que Abigail me necesitaba desesperadamente, no podía dejar que le sucediera nada o me arrepentiría toda mi vida.
Mis pupilas se estrecharon sobre la superficie de una pequeña colina que se alzaba llena de musgos y raíces entrelazadas.
La brisa fría salía de su interior en una zona de la pared que comencé a palpar con los dedos.
Maniobraba con Abigail sobre mi cuerpo, mientras apartaba bruscamente los helechos y daba con la entrada que se sumergía en la completa oscuridad.
Mi lobo escaneó el interior y solo escuchó el sonido de una corriente subterránea pasando por debajo del lecho del pantano.
Me metí a ciegas, protegiendo su cabeza y su delicada piel con mi duro pellejo curtido.
Me llevé unas cuantas heridas con los salientes afilados, pero luego de una entrada tortuosa, la gruta se abrió a una pequeña cueva.
Hasta yo suspiré con la frescura bajo tierra y, lo mejor, una poceta oscura fluía en la parte profunda.
—¿Será peligrosa, no habrá animales salvajes dentro? —me acerqué con lentitud e, incluso con mi excelente visión, no veía mucho bajo el agua.
“No siento nada, de todas formas, metámonos primero, vamos, deja de perder tiempo”.
Coloqué a Abigail en el borde, sobre la piedra húmeda, y suspiró profundamente; supongo que el frío del suelo la aliviaba.
Me quité las botas, la túnica y el resto de la ropa, quedándome solo en la ropa interior.
Logré sumergirme en ese pequeño ojo de agua, sintiendo las corrientes de un manantial subterráneo, recorrerme por los pies.
Buceé un poco y busqué cualquier agujero de una bestia, algún peligro, pero nada que la pudiese amenazar.
“Sumerjámosla en el agua, le va a gustar”.
“Dejarías de darme órdenes, salgo de las garras de Magnus y te propones convertirte también en un mandón”.
Con un último resquicio de autocontrol llegué al finalmente borde de su braga.
Podía bajársela con el vestido, tenerla desnuda solo para mis ojos, pegada a mi cuerpo, mientras la sumergía en la poceta.
La idea de sentirla tan estrechamente hacía que mi pene, ya erecto, temblara y se mojara de presemen.
“Sshhh… de ahí sale mucho calor y un olor que me está encantando, ella… seguro necesita refrescarse el coño”.
La “voz de mi conciencia” volvió a meter las garras y dudé un segundo, luchando entre mi deseo o respetar el de ella.
Esto está mal, muy mal… pero se sentiría tan bien.
Vacilando por última vez, subí la mirada para mirarla al rostro y terminar de convencerme, pero me quedé más tieso de lo que tenía el paquete.
Abigail había abierto los ojos en algún instante y me estaba mirando fijamente.
Acostada en el suelo, con los senos afuera y yo montado sobre ella, a punto de verle toda la concha.
Como pocas veces en mi vida, me quedé mudo, petrificado… mi lobo se hizo el muerto.
¿Qué hacer para justificar este “desliz” y las ganas que se me paran por encima de la ropa?
—Abigail… esto no es lo que parece…

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...