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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 258

Hugo extendió el brazo bruscamente y la arrastró hacia su pecho.

Bajo la fría luz de la luna, las sombras de ambos se fundieron en una sola.

Sin previo aviso, Hugo le arrancó el collar que llevaba en el cuello.

—Aún lo llevas puesto. ¿Ya no te gusta Julián y ahora te fuiste a enredar con Yago?

Vania estalló de ira, fulminándolo con la mirada en medio de la penumbra.

—Devuélvemelo.

¿Qué mosca le había picado a estas horas de la madrugada? ¿No le importaba hacer el ridículo frente al servicio?

Pero Hugo no estaba dispuesto a ceder.

¿Qué clase de baratija le había regalado Yago? ¿Acaso él, Hugo Yáñez, no podía darle algo mejor?

Y ella, a punto de dormir, ni siquiera se lo quitaba.

Apretó el collar en su puño y, sin apartar los ojos de Vania, encendió la chimenea.

Vania observó cada uno de sus movimientos.

—Hugo, no cruces la línea.

Hugo arrojó el collar directamente a las llamas.

Vania metió la mano en la chimenea sin pensarlo. El corazón de Hugo dio un vuelco y tiró de ella hacia atrás de inmediato.

—¿Estás loca? ¿Quieres perder la mano?

¡Era fuego!

Vania lo miró con furia.

—Tú eres el que está loco, ¡eres un enfermo!

Hugo vio en sus ojos un odio que jamás le había dirigido.

De pronto, sintió un nudo en el pecho.

Era un dolor punzante y desconocido que se extendió por cada rincón de su cuerpo.

Vania se soltó de su agarre.

—Ve a cuidar a tu mujercita y a tu sobrino. Deja de venir a volverte loco conmigo.

Hugo apretó la mandíbula.

—No olvides que tenemos un acta de matrimonio. ¿Qué intentabas hacer hoy al jugar a los novios con Yago frente a todos? ¿Querías humillarme o querías darme celos para que te rogara? Señora Yáñez, has jugado esta carta demasiadas veces, aunque admito que esta vez fue diferente. Pero, por favor, compórtate.

Vania lo miró bajo la luz de la luna, incrédula.

Su rostro reflejaba pura estupefacción.

—¿Yo? ¿Fingir para darte celos?

¿Había escuchado mal o estaba alucinando?

De pronto, Vania se tranquilizó y retiró la mano, que aún le dolía por la fuerza con la que él la había agarrado.

Este hombre estaba borracho, armando un escándalo por el alcohol.

¿Acaso la estaba confundiendo con Cristina?

Se le quitó el hambre. Dio media vuelta y subió las escaleras.

Hugo no consiguió que ella le dirigiera ni una última mirada.

Se quedó allí, viendo cómo ella desaparecía en el piso de arriba y cerraba la puerta.

El gran salón quedó envuelto en un silencio sepulcral.

Hugo clavó la vista en el fuego, observando cómo las llamas consumían el collar que Yago le había dado a Vania.

Solo eso logró calmarlo un poco.

Caminó hacia la cantina y se sirvió un vaso de vodka.

Se sentó en el sofá, como un hombre con el corazón roto, dando sorbos lentos a su bebida.

Cerca del amanecer, sonó el timbre de Villa Ébano.

Alguien entró al salón y encendió las luces.

El resplandor repentino lastimó los ojos de Hugo.

Miró al hombre que estaba en la entrada, con el rostro ensombrecido.

—¿A qué viniste?

Mateo Quintanilla le sostuvo la mirada.

—¿No le pediste a Miguel que me llamara para que viniera?

Hugo dio un largo trago a su vaso.

En lo alto de las escaleras, apareció una figura deslumbrante.

Vania miró a Mateo desde arriba, sin dedicarle ni un segundo de atención a Hugo.

Se dio unos toques en la sien y le habló directamente al médico.

—Fui yo quien le pidió que viniera. Por favor, revísale el cerebro.

En ese instante, Hugo apretó el vaso con tanta fuerza que el cristal estalló. La sangre comenzó a brotar de inmediato.

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