Don Zacarías se quedó de una pieza por un segundo antes de soltar una carcajada ensordecedora.
—Nada mal, nada mal. Apruebo esta unión con los ojos cerrados.
Tanto Yago como Vania sintieron que el anciano estaba perdiendo la cabeza.
—¡Ese es mi nieto! Tienes las agallas para robarle la mujer a la familia Yáñez.
Don Zacarías siempre se arrepintió de no haber luchado por la mujer que amaba en su juventud. Que su nieto mayor le arrebatara públicamente la esposa a Hugo Yáñez le parecía una victoria absoluta.
Era como lavar su propio honor.
Mientras el anciano se regodeaba en su triunfo, una de las empleadas de la familia Yáñez se acercó a su mesa.
—Don Zacarías, nuestra señora lo solicita.
El anciano parpadeó, creyendo haber escuchado mal. Se señaló la nariz con el dedo.
—¿Me llamas a mí? ¿Dolores?
Dolores era el nombre de pila de la matriarca. Al escucharlo, la empleada frunció el ceño con desaprobación.
—Así es.
Don Zacarías tosió un par de veces para aclararse la garganta y se arregló el traje.
—Acompaña a la señorita Zapata, vuelvo enseguida —dijo con tono solemne.
Luego, siguió a la empleada con pasos apresurados y entusiastas.
No tenía idea de para qué lo había mandado a llamar Dolores.
En el estudio, la anciana caminaba de un lado a otro con impaciencia.
Don Zacarías se quedó mirando la espalda de la mujer que siempre había amado, y un rubor adolescente tiñó su viejo rostro.
—Dolores... ¿te gustó mi regalo? —murmuró suavemente.
Al verlo, la señora Yáñez sintió que la sangre le hervía.
—Dime la verdad, ¿tu nieto está seduciendo a la esposa del mío?
El anciano se quedó helado. Resultaba que Dolores no quería recordar viejos tiempos.
Quería ajusticiarlo.
—¿Cuál esposa? ¿Hablas de la novia de mi nieto? Esa no puede ser la esposa de tu nieto...
Doña Dolores estaba que echaba humo. Le apuntó directamente a la cara.
—No te hagas el tonto conmigo. Esa es la mujer de nuestro Hugo. Te lo advierto, dile a tu nieto que deje de rondarla.
Don Zacarías se encogió de hombros, un poco cohibido.
—Tampoco es que yo se lo haya ordenado. Además, los jóvenes tienen derecho a enamorarse...
La anciana casi escupe sangre del coraje.
—¿A eso le llamas derecho a enamorarse? ¡Eso es robarle la mujer a otro! No tiene moral, ¿entiendes? Haz que se separen inmediatamente. Ahora mismo.
El anciano recuperó la compostura y habló con aire de razón.
—Ya vi a tu nieto, y en ningún momento dijo que Vania fuera su esposa. ¿Acaso no se fue abrazando a otra mujer?
—Dolores, en el pasado no quisiste estar conmigo, lo acepté. Pero no puedes arruinar la felicidad de mi nieto. O bueno, si cambias de opinión y quieres estar conmigo ahora, puedo volver y negociarlo con mi nieto...
La última frase la dijo en un susurro casi inaudible.
La anciana abrió los ojos de par en par.
—¿Qué dijiste?
Cuando Yago fue a buscar a su abuelo, lo encontró en la habitación de la señora Yáñez, siendo regañado como si fuera un niño pequeño.
El anciano estaba encogido, sin atreverse a respirar muy fuerte.
Con el ceño fruncido y lleno de dudas, Yago tocó suavemente la puerta.
—Señora Yáñez.
Al ver a Yago, la furia de la anciana se multiplicó.
Don Zacarías, que estaba allí precisamente para recibir los golpes en lugar de su nieto, no esperaba que este se entregara por su propia cuenta.
Le hizo tantas señas con los ojos que casi le da un espasmo.
—Llegas en el momento perfecto —espetó la anciana—. Tú y Vania, terminen ya...

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