Vania tomó sus cosas y se dirigió a la salida.
Justo al llegar a los ascensores, se topó de frente con Yago.
—¿Vas a salir?
Yago, al verla tan apresurada, pensó que había pasado algo malo.
—Sí, Hugo me pidió que nos viéramos para firmar el divorcio.
—...
Por un segundo, Yago no supo si felicitarla a ella o felicitarse a sí mismo.
En una situación así, no podía ofrecerse a acompañarla.
Solo asintió.
—Si necesitas algo, llámame.
Vania agradeció su apoyo y condujo sola hasta el registro civil.
Al llegar al vestíbulo, echó un vistazo, pero no vio a Hugo por ningún lado.
Esperó casi media hora y seguía sin haber rastro de él.
Lo sacó de la lista de contactos bloqueados y lo llamó.
—¿Dónde estás?
La expresión de Hugo era lúgubre, cargada con la tensión previa a una tormenta.
—Me surgió un asunto. Reprogramaremos para otro día.
Esta vez contestó bastante rápido.
Miguel conducía mientras se secaba el sudor de la frente.
Creía que su jefe iba a esperar hasta que su esposa apareciera.
Incluso habían visto el auto de Vania llegar.
Pero, de repente, Hugo le ordenó que condujera para ir a recoger a Cristina.
Por primera vez, Miguel se alegró de que fuera a buscar a la amante.
Dios sabía lo nervioso que estaba hace un rato.
Si el jefe y su esposa realmente se divorciaban...
¿Con qué cara se lo iba a explicar a la matriarca?
Al escuchar el tono desinteresado de Hugo, a Vania le dio una punzada de coraje en el pecho.
Había dejado botado todo su trabajo y en veinte minutos el departamento de tecnología tenía una junta crucial.
Y todo porque a él se le antojó decir divorcio. Había manejado casi media hora, esperado otros veinte minutos, ¿y ahora le salía con que reprogramarían?
Vania tuvo ganas de insultarlo a gritos, pero Hugo ya le había colgado.
Él observó el número sin guardar de Vania y lo añadió a sus contactos.

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