Ella sabía perfectamente cuánto costaba ese collar.
Sin más opciones, tuvo que dibujar de memoria el diseño de la joya.
Luego mandaría a hacer una réplica exacta por encargo.
Llegó el lunes y Vania seguía sin ver a Hugo.
Hacía mucho que había dejado de pensar en él.
Se limitó a seguir su rutina: llevó a Luna a sus clases y luego se fue al Grupo Nexo.
Por otro lado, Miguel recogió a Hugo a primera hora para llevarlo al registro civil.
Al principio, el asistente no entendía a qué venía su jefe.
Hasta que Hugo empezó a mirar su reloj impacientemente. Esperaron dos horas y Vania no apareció.
—¿Dónde está Vania?
A Miguel le tembló el párpado.
¿Le estaba preguntando a él?
¿Cómo iba a saberlo?
—Llámala y dile que venga de inmediato al registro civil.
Andaba por ahí poniéndole los cuernos mientras aún llevaba el título de señora Yáñez.
Hugo sentía que ya la había soportado demasiado.
Le pagaría cada centavo de la pensión alimenticia de su hija sin chistar.
Y también le daría la mitad de todos los bienes matrimoniales que les correspondían.
A partir de ese momento, cada quien por su lado.
No tendrían nada más que ver el uno con el otro.
*¿Qué?*
Miguel presintió que estaba a punto de desatarse una tormenta.
Antes de hacer la llamada, sintió la necesidad de confirmar.
—Señor, pedirle a su esposa que venga aquí... ¿es para...?
Miguel empezó a sudar frío.
¿Acaso el jefe quería divorciarse?
Hugo estaba sentado en el auto. Sus ojos oscuros, profundos como el tintero, se entrecerraron.
Su mirada era como el océano en una noche de invierno: la calma antes del tsunami.
Al ver que Miguel dudaba, los ojos de Hugo se llenaron de impaciencia.
—Olvídalo, lo haré yo.
Volvió a marcar el número de Vania.
La respuesta fue un tono de ocupado.
No importaba cuántas veces llamara, el resultado era el mismo.
A Hugo le palpitaban las sienes.
¿Quería tener su aventurilla con otro hombre y, al mismo tiempo, aferrarse cínicamente al matrimonio sin querer divorciarse?
Hugo apretó los labios hasta formar una línea.
Se quedó mirando el teléfono mientras la fría voz de la operadora sonaba:
*Lo sentimos, el número que usted marcó se encuentra apagado. Por favor, intente más tarde.*
Lo había bloqueado.
Hugo esbozó una sonrisa imperceptible.
Qué ironía.
Creía que con eso evitaría el divorcio.
¿Por qué no pensó en las consecuencias cuando salió a pasearse con Yago?
Hugo habló con frialdad.
—Llámala tú y dile que la estoy esperando en el registro civil.
Miguel se quedó de piedra.
Por la expresión de su jefe, no era una broma.

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