La mirada de Hugo se apartó lentamente de Luna.
Intentó ignorar el comentario infantil.
Pero esa simple frase, el tío Yago me ayudará a armarlo, hizo que las venas del dorso de la mano con la que sostenía el teléfono se marcaran de la tensión.
—Si papá te prometió algo, lo va a cumplir. Yo sí tengo palabra.
Casi escupió la frase entre dientes.
¿Quién se creía Yago para intentar robarle a su hija?
—¡Hmph! —Luna volvió a bufar.
Sin darle la más mínima importancia a la promesa de Hugo.
Hugo llevó a Luna de regreso a Villa Ébano.
Marta se quedó helada al ver que el señor de la casa regresaba con la niña.
Apenas un rato antes, había visto cómo la policía se llevaba a la señora, y él ni siquiera había movido un dedo.
¿Cómo era posible que ahora trajera a la niña a casa y la tratara con tanto cariño?
Eso sí, la pequeña Luna parecía estar muy enojada.
Su carita reflejaba una profunda insatisfacción.
—Llévale algunos postres a su habitación —ordenó Hugo.
Se quitó el traje y se puso ropa de estar en casa.
Acompañó a Luna a su recámara, pero justo cuando iba a entrar, Luna abrió sus enormes y adorables ojos, haciendo un puchero.
—Papá, ¿por qué no tocas la puerta?
—...
Hugo respiró profundo y levantó la mano.
Tocó suavemente la puerta tres veces. Entonces, Luna dijo con total seriedad.
—Adelante.
Hugo entró y echó un vistazo. Descubrió que la habitación de su hija estaba decorada con un ambiente muy cálido.
En el buró había una foto de ella con Vania.
En el librero también había varias fotos de ambas.
Desde que tenía un año hasta los cuatro, casi había una sesión de fotos por cada año de su vida.
Pero todas eran solo de madre e hija.
Él no aparecía en ninguna.
Se acercó con la intención de tomar una para verla mejor, pero a Luna no le hizo gracia.
—Papá, ¿podrías no tocar mis cosas sin permiso? Es de mala educación.
Hugo retiró la mano al instante.
De pronto, preguntó.
—¿Todas estas fotos te las tomó mamá?
Luna asintió con naturalidad.
—Mamá dice que cada año me tomará fotos para que yo pueda ver cómo voy creciendo.
Dicho esto, inclinó la cabecita para mirarlo.
—Tú también debes tener muchas fotos con el hijo de la señora Cristina, ¿verdad?
Hugo apretó los labios y no respondió.
Luna vació las piezas del rompecabezas sobre el tapete. Hugo se dio cuenta de que su hija era sumamente lista.
Había piezas que él ni siquiera había logrado ubicar, y Luna ya las tenía listas.
Mientras lo armaba, se burlaba de él.
—Papá, eres un poco lento, ¿verdad? No pasa nada, yo te enseño.
Él siempre había creído que no tenía nada de paciencia para jugar con niños.
Jamás imaginó que un simple rompecabezas lo mantendría sentado en el suelo durante una hora y media.
Hasta que colocaron la última pieza y Luna se quedó profundamente dormida recargada en sus piernas.
Cuando Marta pasó frente a la habitación, casi se va de espaldas del susto.
¿Luna durmiendo en las piernas del señor? ¡Eso era inaudito!
—Señor, permítame acostar a la niña.
Hugo bajó la mirada hacia la pequeña, asintió levemente, y se levantó.
Mientras salía de la habitación, contestó la llamada número trece de Cristina.
Durante esa hora y media, Cristina lo había estado bombardeando a llamadas.

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