—Tranquila, no habrá nadie más, solo nosotros. Le diré a Hugo que pase por ustedes. Las estaré esperando.
Con esas palabras de la abuela, Vania tuvo la certeza de que Cristina y Sonia Salazar no estarían presentes.
En cuanto a Hugo, hizo una mueca de fastidio. No era necesario que él las recogiera.
Vania sospechaba que, si Hugo iba, no se quedaría por mucho tiempo.
Por lo tanto, no le molestaba la posibilidad de que él estuviera ahí. Aun si iba solo para cumplir con la abuela, Vania estaba segura de que él buscaría una excusa para marcharse a los diez minutos.
Compartir una cena con la abuela era algo que Vania deseaba hacer.
Todavía no le había contado que se había mudado de Villa Ébano para vivir con la familia Leal. Sabía que con el tiempo se enteraría, pero decírselo ahora solo preocuparía a la anciana y, peor aún, podría intentar reconciliarla con Hugo.
Después de colgar, Vania volvió a concentrarse en su trabajo.
Yago la había observado desde la puerta mientras hablaba por teléfono, esperando pacientemente a que terminara para entrar.
—¿Con quién hablabas que te veías tan contenta?
Fue una pregunta casual.
Al recordar a Doña Dolores, la sonrisa de Vania se suavizó.
—La abuela de Hugo me invitó a cenar este fin de semana.
La mirada de Yago se tensó por una fracción de segundo.
—¿Quieres que te acompañe?
Le preocupaba que la familia Figueroa estuviera presente. ¿Cómo iba a lidiar Vania con ellos sola?
Acababan de enviar a Santiago a prisión y Hugo protegía a Cristina a capa y espada. Aunque la abuela estuviera del lado de Vania, la cena tenía toda la pinta de ser una trampa.
Vania arqueó las cejas con dulzura, su rostro irradiaba una calma reconfortante.
—No es necesario, solo seremos unas cuantas personas. Cristina no va a estar.
Yago respiró aliviado.
Cuando llegó el fin de semana, de todos modos se presentó muy temprano en la residencia Leal.

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