Santiago y Elena Figueroa iban cómodamente sentados en el vehículo de Hugo.
El grillete electrónico en el tobillo de Santiago había sido manipulado por el equipo técnico de Hugo, liberándolo temporalmente con tecnología de punta.
Solo tendrían que volver a activarlo al regresar, y nadie notaría la diferencia.
Lejos de unirse a los insultos de su esposa, Santiago adoptó un tono compasivo.
—Los hijos crecen y toman sus propias decisiones, no puedes controlarla. Al final del día, soy su padrastro, debería sentir más apego por mí que por un montón de desconocidos, pero mírala, intentó arruinarme la vida. Cristina me comentó que perdió la memoria y que está mal de la cabeza... pobrecilla.
La mirada de Santiago estaba cargada de una sinceridad enfermiza. Tras su actuación, dirigió su atención hacia Hugo, que iba al volante.
—Hablando en serio, todo esto fue gracias a Hugo. Si no fuera por él y Doña Dolores, yo habría terminado pudriéndome en la cárcel diez años. En un rato brindaremos con la señora y le agradeceré personalmente su inmensa bondad.
Hugo manejaba con mano firme y la mirada al frente, sin emitir respuesta. La entrada de la Residencia Real ya se veía a lo lejos.
Al estacionar, Cristina y Hugo bajaron del auto, llevando a Xavi de la mano, mientras los esposos Figueroa los seguían de cerca.
Además de ellos, Luciano y su familia también habían llegado en su propio vehículo.
Todos pertenecían al clan Figueroa. Como Luciano era el primo de Cristina, ella lo invitó con la intención de que se codeara con la élite de los Yáñez. Si lograban obtener su respaldo, nadie en toda la ciudad se atrevería a cruzarse en su camino.
Doña Dolores, que había llegado con antelación, los esperaba en uno de los salones privados.
Cuando el mesero guió al gran grupo hacia el salón principal, la anciana se quedó de piedra al ver entrar a toda la familia Figueroa liderada por Hugo.
Esperaba ver a Vania, no a Cristina.
Y mucho menos a ese desfile de rostros desconocidos, a excepción de Elena y Santiago, a quienes había visto de paso en la boda de César Yáñez.
—¿Qué significa esto?
La abuela frunció el ceño con severidad. Santiago se apresuró a colocar los regalos que había traído sobre la mesa frente a ella.
—Señora Yáñez, qué honor. Soy el padre de Cristina. Es un verdadero privilegio poder compartir la mesa con usted hoy.

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