El rostro de Vania se endureció mientras señalaba a Santiago Figueroa, quien no había tenido tiempo de esconderse.
—¿Qué hace él aquí?
Cristina dejó escapar una risa burlona.
—Es mi padre, ¿por qué no podría estar aquí? Fue la abuela quien lo invitó a la cena. De hecho, mi papá está libre y a salvo gracias a ella. No me digas que fuiste tan ilusa de pensar que la abuela estaba de tu lado.
—Yo soy la verdadera señora de la familia Yáñez, la única que les ha dado un bisnieto. Mírate al espejo, ni siquiera tu hija tiene un apellido decente. ¿Con qué derecho vienes a exigir explicaciones?
Vania se negó a creer en el veneno de sus palabras.
—¿La abuela está aquí?
Cristina adoptó una postura aún más altiva.
—Si no fuera por ella, ¿crees que mi familia entera estaría celebrando en este lugar?
En ese preciso instante, el teléfono de Vania comenzó a sonar. La pantalla mostraba el número de Hugo; no lo tenía guardado en sus contactos, pero esos dígitos los conocía de memoria.
Tras dudar un segundo, contestó.
—Ven a la entrada, la abuela se desmayó.
Sin dirigirle una mirada más a Cristina, Vania corrió hacia el vestíbulo principal.
Y ahí estaba Doña Dolores, recostada e inconsciente en uno de los sofás del lugar.
—Iré por el auto, quédate con ella —ordenó Hugo rápidamente.
Vania no discutió ni perdió el tiempo en recriminaciones. En cuanto Hugo acercó el vehículo a la entrada, entre ambos ayudaron a la anciana a subir y se dirigieron a toda velocidad hacia el hospital.
De regreso en el salón privado, Cristina esperó un buen rato. Al ver que Hugo no regresaba, lo llamó y se enteró de la emergencia médica.
A Elena Figueroa solo le importaba observar la reacción de Vania; la salud de la anciana le daba exactamente igual. Solo quería asegurarse de dónde estaba Hugo.
—Mamá, Hugo nos dejó pagada la cena y nos pidió que comiéramos sin él. Como la abuela se enojó, tiene que ir a calmarla. No nos amarguemos por ellos.
No iba a permitir que el colapso de la anciana les arruinara la noche. De hecho, sin su presencia juzgándolos, podrían disfrutar del banquete con mayor tranquilidad.
Tanto Elena como Santiago se habían llevado un buen susto con los gritos de Doña Dolores, pero al saber que Hugo la había sacado del lugar, respiraron aliviados.
—A esta señora ya le pesan los años, ni siquiera sabe juzgar a las personas. Por eso es la única que todavía defiende a esa cualquiera de Vania. Cristina, tienes que buscar el momento adecuado para abrirle los ojos. Que no se deje engañar por esa cara de mosca muerta, porque al final le va a costar muy caro.
Cristina asintió, apretando los labios.

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