—Soy Nati, mírame bien.
Natalia lo empujó con fuerza, pero él la sujetó con más desesperación, como si quisiera fundirla en su propio cuerpo. A ella le faltaba el aire.
—Te necesito...
Sin darle tiempo a protestar, Rodrigo capturó sus labios, ahogando los celos de la joven en un beso profundo y apasionado.
Natalia sintió como si le cayera un balde de agua fría.
Su primer beso.
El beso que había soñado entregarle a Rodrigo toda su vida, él se lo estaba robando creyendo que ella era Isabel.
Natalia luchó con todas sus fuerzas para zafarse, pero cuanto más se resistía, más posesivo se volvía él. Era la primera vez que veía a alguien tan educado y refinado como Rodrigo perder completamente la razón por el deseo.
En ese instante, su odio y envidia hacia Isabel Sosa alcanzaron un límite insoportable.
—¡Rodrigo, eres un idiota! ¡Suéltame! ¡Mmm!
Natalia lloraba de pura impotencia. Se negaba a ser el plato de segunda mesa. Amaba a Rodrigo, sí, pero jamás aceptaría ser el reemplazo de nadie.
Al escucharla pronunciar su nombre, Rodrigo pareció perder el último rastro de cordura y la empujó sobre el sofá con desenfreno.
Las sombras de los árboles se filtraban por el ventanal, y la luz de la luna iluminaba los cuerpos enlazados en la sala.
Esa noche, Natalia entregó su inocencia. Con lágrimas aún en las pestañas y agotada por la intensidad de Rodrigo, finalmente cayó en un sueño profundo.
A la mañana siguiente, cuando Rodrigo despertó y vio a la joven durmiendo a su lado, sus pupilas se dilataron por el horror.
Acarició levemente la suave piel de Natalia, sintiendo un arrepentimiento aplastante.
Se había contenido durante años, manteniendo la distancia correcta, y anoche todo se había ido a la basura. Había destrozado la flor que él mismo había cuidado con tanto recelo.
Natalia despertó con los primeros rayos de luz y se dio cuenta de que estaba en su habitación.
Se incorporó con dificultad. Su cabello oscuro caía sobre su espalda descubierta, y las sábanas grises apenas ocultaban las evidentes marcas rojizas en su piel.
Rodrigo estaba de pie frente a ella, completamente vestido y con una expresión indescifrable en sus ojos oscuros.
Por un momento, el silencio fue ensordecedor.
Había pasado la madrugada torturándose, pero el daño ya estaba hecho y no había marcha atrás.
Natalia tenía los ojos rojos y lo miraba con una mezcla de tristeza y resentimiento.
—¿Por qué? —preguntó con la voz rota y temblorosa.

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