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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 665

Llevar la conversación a ese punto era casi un ataque personal.

—Yago, ¿qué tonterías estás diciendo? Nos vas a poner en ridículo —lo reprendió la señora Leal.

Tenía el rostro encendido, muerta de vergüenza y de rabia. ¿En qué momento el hijo que había criado con tantos valores se había vuelto tan descarado como para difamar a otros de esa manera?

La relación entre Vania y Hugo ya estaba lo suficientemente tensa. Si su hijo seguía haciendo estupideces y armando escenas de celos sin sentido, lo más probable era que se quedara soltero por el resto de su vida.

Una cosa era que viera a Vania como a una hermana, pero si seguía por ese camino, iba a terminar espantando a la Oficial Quiroz, que de por sí ya era bastante distante.

—Lo siento mucho, Oficial Quiroz. De verdad no lo sabía. —El repentino sarcasmo de Yago dejó a Yara, que era una mujer directa, completamente desconcertada.

—El señor Yáñez y yo mantuvimos una relación de superior a subordinada. Fui entrenada bajo su mando cuando apenas era una adolescente, antes de entrar a las fuerzas policiales. Por supuesto que lo conocí mucho antes que la señorita Zapata. Además, a la señorita Zapata no le gusta que la llamen señora Yáñez, así que llamarla de esta forma no debería ser un problema, ¿verdad? Señor Leal, ¿tiene usted algún problema personal con el señor Yáñez? ¿Por qué?

Yara hablaba sin rodeos. No tenía dobleces, ni intenciones ocultas, ni entendía las sutilezas de ese tipo de conversaciones.

Yago se quedó helado, dándose cuenta de que realmente había cruzado la línea.

Su mirada se oscureció poco a poco. Sintió que los celos lo habían cegado por completo.

—Lo siento.

No quedó claro si esa disculpa iba dirigida a Vania o a Yara.

Yara, por su parte, lo ignoró olímpicamente.

Al fin y al cabo, a excepción de su propia hermana menor, el resto del mundo le resultaba completamente indiferente.

—Yago, nadie te está culpando de nada. No tienes por qué sentirte mal. Cuando el río suena es porque piedras trae; no has difamado a nadie, así que no tienes por qué pedir disculpas.

Al menos, así lo veía Vania.

Incluso si el propio Hugo Yáñez estuviera ahí parado, Vania habría dicho exactamente lo mismo.

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