De un tirón, la acercó hacia sí, inclinándose sobre ella mientras le arrancaba la blusa.
Vania, al tratar de cubrirse la parte inferior, dejó su torso expuesto.
Con el rostro ardiendo, luchó desesperadamente por proteger su última línea de defensa.
—¡Hugo! ¡¿Qué es lo que quieres?!
Esa actitud a la defensiva... como si él fuera un monstruo depravado a punto de abusar de una doncella inocente.
¡Si durante los últimos cinco años siempre había sido ella la que tomaba la iniciativa!
Y ahora venía a hacerse la mosca muerta con él.
—Ponerte la medicina, y además...
Hugo clavó su intensa mirada en los ojos de Vania, mientras sus manos seguían explorando su cuerpo, arrancándole jadeos entrecortados.
—Con todos los jueguecitos que te traes estos días, ¿acaso sigues enamorada de Julián?
Al escuchar el nombre de Julián, Vania sintió una punzada inexplicable en el pecho.
Pero si él ya tenía una novia con la que pensaba casarse, ¡los reclamos de Hugo no tenían ni pies ni cabeza!
¿Acaso él estaba...?
A Vania se le ocurrió un pensamiento que le pareció hasta cómico.
¿Celoso?
¡Imposible! ¿Acaso no era Cristina la mujer que más le importaba a Hugo?
El hijo de Cristina y de su difunto hermano lo llamaba abiertamente papá.
¿Cómo iba a estar celoso por ella?
Hugo seguía esperando una respuesta de Vania, cuando alguien llamó suavemente a la puerta de la habitación.
—Señor, el doctor Quintanilla ya llegó. Lo espera en el piso de abajo.
Hugo clavó su mirada en Vania durante unos segundos. Había que admitirlo, Hugo era un hombre extremadamente atractivo.
Su nariz recta, sus ojos profundos y cada línea de su rostro parecían esculpidos por un artista divino. Era una obra maestra de la naturaleza, perfecto desde cualquier ángulo. Cada vez que Vania lo miraba, se olvidaba de cómo respirar.
Aunque consideraba que su matrimonio era un error absurdo y ridículo, cada vez que él la miraba, el corazón le latía desbocado en el pecho, como si fuera a salírsele.
Era una sensación que jamás había experimentado, ni siquiera durante los tres años de noviazgo con Julián.
Un hombre como Hugo había nacido exclusivamente para ser la perdición de las mujeres.
—Entendido.
Su voz ronca y seductora resonó justo encima de ella.

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