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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 674

No solo Dante Yépez se quedó sin palabras; hasta los músculos del rostro de Vania sufrieron un espasmo.

¿Traer a su hijo a una base militar de alta seguridad? ¿Se había vuelto loco?

Pero Hugo no solo lo trajo, sino que lo exhibía por todos lados como si fuera un trofeo invaluable.

—Es mi hijo, ¿a poco no es guapo?

El silencio fue sepulcral.

Dante observaba la escena con una expresión de pura intriga. Saúl Zúñiga estaba completamente desconcertado. Cuando le fue con el chisme a su padre, el Comisionado Zúñiga se negó a creerlo y fue a comprobarlo con sus propios ojos, llevándose consigo a Valerio Sosa.

—Este niño... ¿de quién es? —El Comisionado sintió que su corazón se rompía más que el de su propio hijo.

—De la Comandante Zapata —respondió Hugo con total naturalidad—. ¿No le parece, Comisionado, que el pequeño Davis heredó lo mejor de los dos?

Vania deseó que la tierra se abriera y se la tragara.

Quería arrebatarle a su hijo para que Hugo dejara de hacer el ridículo frente a todos, pero calculando sus posibilidades, supo que no tenía la fuerza para lograrlo.

Con Hugo llamando tanto la atención, si ella se acercaba, el suicidio social sería inminente.

Terminó sus deberes, miró a todos lados y se preparó para escabullirse hacia otra área cuando nadie la viera.

Pero los ojos de Hugo eran como radares. Apenas ella hizo el amago de moverse, la mirada de él la clavó en el suelo.

—¡Comandante Zapata!

—¡Señor!

Acostumbrada a la disciplina militar, Vania respondió al llamado por puro instinto.

Al darse cuenta de que todas las miradas estaban fijas en ella, su rostro se tiñó de un rojo furioso hasta el cuello.

El Comisionado Zúñiga ya no podía seguir viendo aquello. Saúl estaba desolado.

Valerio, por su parte, suspiró internamente. Adiós a su bono por hacer de celestino.

—Disculpen la interrupción, caballeros. Mi hijo tiene hambre.

Vania no lo escuchó, pero todos los hombres presentes sintieron que les subía el color al rostro.

Un bebé de menos de un año tenía hambre, y Hugo llamaba a Vania a gritos. ¿Qué insinuaba? Los presentes, que se consideraban caballeros respetables, apartaron la mirada por pudor.

Cuando Vania llegó frente a Hugo, todavía no comprendía qué significaba la sonrisa maliciosa que él tenía en el rostro.

—Te llevaré a una sala de descanso. Privada.

Hugo recalcó la última palabra, y la expresión de todos los demás se oscureció.

El Comisionado Zúñiga, viendo a la pareja alejarse, descargó su furia contra Valerio.

—¿No se suponía que estaban divorciados? ¿Qué clase de exesposos se comportan así?

—Comisionado, la verdad... no estoy seguro. ¿Deberíamos preguntarle al señor Leal?

Probablemente, nadie sabía más de la situación que Yago.

Que el Comisionado fuera un hombre afable no significaba que no tuviera carácter. Esta vez, la paciencia se le agotó.

—¿Preguntarle al señor Leal? Ese muchacho debe estar más desesperado que yo.

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