Hugo clavó su mirada en Miguel y le ordenó:
—Ve...
Con una sola palabra, Miguel supo que tendría que volver a su papel de detective privado.
Vania llegó frente a la modesta casa de tres pisos de Pablo Zapata.
Era primavera y las plantas del jardín estaban rebosantes de brotes verdes. A Vania le pareció que nada había cambiado, pero al mismo tiempo sentía que todo era distinto.
Se quedó parada frente a la puerta, dudando si tocar el timbre o no.
Como no le había avisado a su tío, temía que su visita resultara demasiado inoportuna.
Mientras dudaba, un hombre de mediana estatura en ropa cómoda de casa la vio desde adentro y se quedó paralizado.
—¿Vania?
Pablo Zapata jamás imaginó verla ahí.
Vania le entregó los regalos que había comprado, con los ojos vidriosos.
—Tío Pablo.
—¿Qué haces aquí? Pasa, entra. Tu tía justo estaba preparando la comida. Le diré que haga tus platos favoritos.
Pablo la hizo pasar con evidente entusiasmo.
Rosa Zapata, que apenas se sentaba a la mesa, palideció al escuchar la voz de Vania.
—Rosa, prepara algo más. Llegó Vania, hazle lo que a ella le gusta.
Al ver a Vania sonriéndole y llamándola tía, el rostro de Rosa se contorsionó en una mueca de desprecio.
Y soltó con frialdad:
—No te atrevas a llamarme así.
Vania se quedó perpleja. Pablo se sintió incómodo e intentó hacerle señas a su esposa.
De mala gana, Rosa se dirigió a la cocina. Desde el segundo piso, la hija de Pablo, Jimena Zapata, bajó las escaleras apresurada al ver a Vania.
—Jimena, mira lo que te traje.
Al ver a Jimena convertida en toda una mujer, Vania por fin asimiló que realmente habían pasado cinco años.

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