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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 69

Hugo clavó su mirada en Miguel y le ordenó:

—Ve...

Con una sola palabra, Miguel supo que tendría que volver a su papel de detective privado.

Vania llegó frente a la modesta casa de tres pisos de Pablo Zapata.

Era primavera y las plantas del jardín estaban rebosantes de brotes verdes. A Vania le pareció que nada había cambiado, pero al mismo tiempo sentía que todo era distinto.

Se quedó parada frente a la puerta, dudando si tocar el timbre o no.

Como no le había avisado a su tío, temía que su visita resultara demasiado inoportuna.

Mientras dudaba, un hombre de mediana estatura en ropa cómoda de casa la vio desde adentro y se quedó paralizado.

—¿Vania?

Pablo Zapata jamás imaginó verla ahí.

Vania le entregó los regalos que había comprado, con los ojos vidriosos.

—Tío Pablo.

—¿Qué haces aquí? Pasa, entra. Tu tía justo estaba preparando la comida. Le diré que haga tus platos favoritos.

Pablo la hizo pasar con evidente entusiasmo.

Rosa Zapata, que apenas se sentaba a la mesa, palideció al escuchar la voz de Vania.

—Rosa, prepara algo más. Llegó Vania, hazle lo que a ella le gusta.

Al ver a Vania sonriéndole y llamándola tía, el rostro de Rosa se contorsionó en una mueca de desprecio.

Y soltó con frialdad:

—No te atrevas a llamarme así.

Vania se quedó perpleja. Pablo se sintió incómodo e intentó hacerle señas a su esposa.

De mala gana, Rosa se dirigió a la cocina. Desde el segundo piso, la hija de Pablo, Jimena Zapata, bajó las escaleras apresurada al ver a Vania.

—Jimena, mira lo que te traje.

Al ver a Jimena convertida en toda una mujer, Vania por fin asimiló que realmente habían pasado cinco años.

Ciego de ira, Pablo se acercó a Jimena y le cruzó la cara de una bofetada.

—¡Vania es tu prima! ¡Aprende a respetarla!

Al ver que Pablo golpeaba a su hija, Rosa estalló.

Corrió a abrazar a Jimena, pero sus palabras fueron dirigidas a Vania.

—Señora Yáñez, nosotros somos una familia humilde y no podemos darnos el lujo de ofenderla a usted ni a su esposo. No me importa qué problemas tenga ahora con el señor Yáñez; nosotros ya no tenemos nada que ver con usted. Le ruego que nos deje en paz. ¡Apiádese de la familia Zapata y no vuelva por aquí!

Vania se tambaleó; las lágrimas asomaron a sus ojos, llenas de total incomprensión.

¿Por qué no entendía ni una sola palabra de lo que decían su tía y su prima?

¿Que ya no tenían nada que ver?

¿Acaso hablaban de ella y de su propio tío?

¿Por qué la apartaban de la familia?

Esbozó una sonrisa amarga y miró a Pablo a través de las lágrimas.

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