—Doctora Serena, de verdad lamento molestarla con esto. Ya no sabemos qué hacer, por eso le ruego que revise este historial clínico.
—De acuerdo, déjeme verlo.
Roxana tomó los documentos con total indiferencia y comenzó a leerlos.
A medida que pasaba las páginas, los síntomas le parecían cada vez más familiares.
Primero, el paciente presentaba una picazón insoportable que lo llevaba a rascarse hasta desgarrarse la piel.
Luego, la piel se volvía tan sensible que no soportaba ni el contacto con el aire, sangrando al menor roce.
«¿Acaso no son los síntomas intermedios y avanzados del veneno que le di a Nader Solórzano?», pensó.
El doctor Zúñiga, al notar que ella se quedaba en silencio, empezó a sentir pánico.
Esperó con angustia hasta que ella cerró la carpeta, y solo entonces se atrevió a preguntar:
—Doctora Serena... ¿cree que este paciente tenga salvación?
—Por supuesto.
Después de todo, ella fue quien lo envenenó. La cura la tenía en sus propias manos.
El doctor Zúñiga se iluminó de alegría. ¡Sabía que la gran Doctora Serena tendría una solución!
—Entonces, ¿qué probabilidades diría que tiene de curarse por completo?
—Un ochenta por ciento.
El otro veinte por ciento lo dejaría así para que Nader siguiera sufriendo un poco más.
Pero para el doctor Zúñiga, esa cifra era un milagro.
Había consultado con otros expertos que habían tratado a Nader y todos decían que las probabilidades de éxito no llegaban ni al cincuenta por ciento. ¡Que la Doctora Serena garantizara un ochenta por ciento era espectacular!
¡Qué alivio!
¡La Doctora Serena era sin duda el mayor orgullo para nuestro país!
—Doctora Serena, ¿cuándo tendría disponibilidad para ir al hospital y examinar al paciente en persona?
—Hoy no. Agendemos para mañ...
—Doctor Zúñiga, ¿es verdad que logró contactar a la legendaria Doctora Serena?

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