—¡¿Roxana?!
Tras rodear casi todo el perímetro sin encontrar ni rastro de Patricio Solís, Valeriano se dio cuenta de que lo más probable era que Roxana ya lo hubiera interceptado. Dio la vuelta y regresó a toda prisa.
El silencio a su alrededor era absoluto, casi espeluznante.
Era el tipo de silencio que anunciaba que había llegado demasiado tarde a lo peor.
Bajó del tercer al primer piso sin lograr ver a Roxana por ninguna parte.
Sintió que cientos de hilos invisibles se enredaban en su pecho, asfixiándolo.
Le costaba respirar.
—Señor, no hay rastro de pelea. Es muy posible que la señorita Roxana no se haya topado con ellos —intentó calmarlo uno de los Sombras al notar su angustia.
Pero las palabras de su guardaespaldas no lo relajaron; al contrario, lo hundieron en un pánico más profundo.
—¿Y si la tomaron como rehén?
Por más meticulosos que hubieran sido sus planes para esa noche, Patricio era calculador y retorcido. Quién sabía qué jugarreta sucia había preparado para arrinconarla.
—La señorita es excepcional en combate. Cualquier persona común no sería rival para ella.
—Por muy buena que sea, no deja de ser humana. Siente dolor. Siente miedo.
Valeriano aceleró el paso, escrutando cada rincón.
Justo cuando estaba al borde de la desesperación, divisó una figura esbelta a la distancia.
—¡Roxana!
Ella, que estaba de pie cerca de la puerta trasera, giró la cabeza al escuchar su grito.
—¿Por qué regresaste solo? ¿Se atrevieron a hacerte algo?
Al tomarla de la mano, la opresión en el pecho de Valeriano se alivió un poco.
Sin embargo, al ver que sus ojos carecían de cualquier rastro de emoción, su corazón volvió a encogerse.
—¿Qué pasó? ¿Qué te hicieron?
Su voz profunda y llena de ternura pareció devolverle a ella algo de calidez. Sus ojos recobraron vida poco a poco.

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