—¡Qué horror, Gisela ha sido envenenada! —exclamó el doctor, pálido al confirmar su diagnóstico.
Esa declaración desató el caos tanto en el escenario como en las gradas.
—¿Envenenada? ¡Pero si esto es una competencia! ¿Cómo es posible?
—¡Hay controles de seguridad estrictos! Y Gisela es la alumna de la Maestra Vera, ¡nadie se atrevería a hacerle algo así!
—Si hasta Gisela resultó envenenada... ¡eso significa que el veneno es peligrosísimo! ¿Acaso nosotros también estamos en peligro?
El pánico se apoderó del público.
Roxana, que al principio creyó que todo era un drama de Gisela, notó que los labios de la chica se habían oscurecido y que sudaba frío. Eso no era actuación. De inmediato, se acercó para tomarle el pulso.
Pero en ese instante, el dolor de Gisela cedió un poco. Aprovechando el respiro, agarró la mano de Roxana y, con voz débil y quejumbrosa, la acusó frente a todos:
—Roxana... somos colegas, y además soy tu futura cuñada... ¿tanto me odias que no puedes soportar mi presencia?
Sus palabras fueron como echarle gasolina al fuego, colocando a Roxana en el centro del huracán mediático.
—¡¿Qué?! ¿El veneno se lo dio Roxana Soler?
—¡Qué espanto! ¡Sabemos que la competencia es dura, pero no para intentar matar a alguien!
—Con la Maestra Vera aquí presente, ¡qué descaro tiene para atacar a su propia compañera!
—¡Las familias Rivera y Soler son amigas íntimas! ¡Y Gisela es la prometida de Mateo! Al hacer esto, Roxana acaba de echarse de enemigas a dos de las familias más poderosas.
—¡Sí! Escuché que ahora está viviendo con los Soler. ¡Seguro la echan a la calle hoy mismo!
Al ver cómo la situación se salía de control, Valeriano Sandoval y Mateo Soler ignoraron las reglas del evento y caminaron hacia el escenario. Para evitar que la multitud enloqueciera, Mateo ordenó al equipo de seguridad que acordonara la plataforma por completo.
Una vez que la Maestra Vera y Don Abelardo lograron pasar, el lugar quedó completamente sellado.
Los alumnos de la Universidad de Veridia querían exigirle explicaciones a Roxana, pero con las máximas autoridades presentes no se atrevieron a armar un escándalo, limitándose a pedirle a la Maestra Vera que revisara a Gisela.
—Maestra... sálveme, no quiero morir —sollozó Gisela, acurrucada en los brazos de sus compañeros, con el rostro tan pálido que parecía transparente.
Apenas la Maestra Vera le tomó el pulso, supo que efectivamente estaba intoxicada. Su expresión se volvió severa, aunque trató de consolarla.

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