Roxana Soler estaba seleccionando los reactivos que necesitaba cuando notó que le faltaba uno, así que regresó de inmediato a la mesa.
—Roxana, ¿acaso ya descubriste cómo preparar el U30?
Gisela Rivera se le acercó de repente. Roxana se detuvo, manteniendo una distancia prudente.
—¿Y por qué tendría que decírtelo?
Gisela, adivinando su respuesta, soltó una risita suave. Mientras hurgaba entre los tubos de ensayo de la mesa, comentó:
—La verdad es que no me caes tan mal. Al principio me molestaba que, apenas llegaste, intentaras buscar cualquier excusa para echar a Yara. Luego me enteré de que eras la otra discípula de la que tanto hablaba la maestra; ahí empecé a admirarte. Pero eres demasiado arrogante, no encajamos en nada, y por eso me fastidias.
—Ah —respondió Roxana, sin darle la menor importancia.
Esa total indiferencia fue como una aguja para Gisela. Apretó el frasco que tenía en la mano, y su sonrisa se volvió gélida.
—Mira, Roxana, como ambas somos alumnas de la misma mentora, estoy dispuesta a hacer las paces. Pero mi condición es que me des la fórmula del U30 y me dejes ganar esta competencia.
El hermoso rostro de Roxana no mostró la más mínima emoción al escucharla.
—En una competencia se gana por talento, no por las influencias de tu familia.
Gisela pensaba que al ofrecerle una tregua estaba siendo generosa; jamás esperó un rechazo tan tajante. La furia ardió en su pecho, pero se contuvo e intentó persuadirla de nuevo.
—Roxana, en nuestro nivel no existe eso de «ganar por talento». Nuestro origen dicta que no tenemos que seguir el mismo camino que la gente común. En nuestro círculo, todo se trata de alianzas y conveniencias. Si estoy dispuesta a ceder, es porque te reconozco y porque valoro a nuestras familias. Desde los tres años mi abuelo me presentó a la maestra, y bajo su tutela me convertí en el genio de Veridia. Fue por eso que la familia Soler me eligió como la prometida de Mateo. No quiero que nuestros roces personales afecten a las familias ni a la maestra. Sé que tú tampoco quieres eso. Así que, ¿por qué no hacemos que ambas ganemos? Si yo gano, ambas familias quedarán en alto; yo te deberé un favor, dejaré de molestarte, nos llevaremos bien y haremos que nuestro legado sea aún más próspero.
Roxana la miró con frialdad. Aunque el discurso de Gisela sonaba articulado, no lograba ocultar su tono de superioridad.
—Esa es tu visión, y no me interesa. Además, te aconsejo que no lo hagas; actuar así solo avergonzará a tu familia.
Querer lo mejor para la familia no tenía nada de malo, y los matrimonios arreglados tampoco, pero pretender alcanzar el éxito a base de trampas y monopolio de recursos sí era un problema. Un mundo próspero debía permitir que todos los talentos florecieran. Ese era el verdadero sentido de la grandeza.
Gisela, al ver que no podía convencerla, se mordió el labio.

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