Al escuchar la conversación, Rizos sintió un terror profundo. Para evitar que dudaran de él, volteó los ojos en blanco y se dejó caer fingiendo un desmayo.
La sombra notó el golpe y miró a Clemente.
—Don Clemente, ¿qué hacemos con Rizos? Aunque trajo información, no podemos estar seguros de que todo sea cierto. Si ya fue comprado por el enemigo, será un peligro para nosotros. Tal vez deberíamos...
Tirado en el suelo, el corazón de Rizos latía a mil por hora. «¡Sabía que diría eso!». Rezos a Dios y a la Virgen se atropellaron en su mente, rogando salir de ahí con vida.
Finalmente, escuchó la voz de Clemente.
—No por el momento. Enciérralo en La Cripta. Llama a un doctor para que le trate las heridas. Cuando resolvamos el asunto de Patricio, decidiremos su destino.
—Sí, señor.
Rizos soltó un suspiro de alivio en su fuero interno. ¡Se había salvado!
Justo cuando la sombra ordenaba que se lo llevaran, un médico en bata blanca entró corriendo con semblante pálido.
—¡Don Clemente, tenemos un problema grave! La condición del señor Nader ha empeorado drásticamente. La infección avanzó y ahora cubre el sesenta por ciento de su piel. Si sigue así, no resistirá mucho tiempo.
La expresión asesina de Clemente se desvaneció, dando paso al aplomo y la autoridad de siempre.
—¿Aún no han logrado sintetizar un antídoto para su envenenamiento?
—No, señor —respondió el médico con pesadumbre—. Hemos intentado todos los métodos posibles. Hicimos análisis exhaustivos de su sangre, pero no logramos dar con la fórmula. Los tratamientos convencionales solo alivian los síntomas temporalmente. Ahora la familia Solórzano está furiosa. Nos dieron un ultimátum: si no lo curamos en tres días, retirarán toda su inversión del hospital y exigirán una indemnización por daños.
Clemente alzó el mentón ligeramente. Había disgusto en su mirada, pero no perdió la paciencia.
—Iré a verlo en persona.
En la sala VIP.
—¡Ah! ¡Pica! ¡Me pica hasta los huesos! ¡Desátenme de una maldita vez, por favor! ¡Se los suplico! El dolor es insoportable...


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