—Ay, mi niña, debí hacerte caso. Me dijiste que me quedara descansando en casa, pero me empeñé en venir al hospital. Tu abuelo y tus tíos me contaron que, de no ser por tus rápidos cuidados, me habría muerto.
Doña Isabel miró a su nieta, que en ese momento le tomaba el pulso con suavidad. Sentía una mezcla de gratitud y arrepentimiento.
Hacía tiempo que había notado que Yara ya no era la misma de antes, pero pensó que no era nada grave y prefirió ignorarlo.
¡Y ahora, por su ingenuidad, su propia nieta de sangre había tenido que correr de un lado a otro para salvarla!
¡Se sentía como una tonta!
—Tranquila, abuela. No te agites. En tu estado no debes tener emociones fuertes —le advirtió Roxana con voz suave al sentir la alteración en su pulso.
—Sí, sí, tienes razón —se apresuró a decir la anciana, intentando calmarse.
—Roxana, ¿cómo la ves? —preguntó Marcelo, preocupado.
—Por ahora está estable. Aunque la caída reactivó las toxinas residuales y la debilitó, lo peor ya pasó.
Al escuchar eso, todos suspiraron aliviados.
Roxana no era cualquier persona; era la legendaria Doctora Serena, el orgullo del país. Su genialidad médica superaba incluso a la de los Montes, una familia con un siglo de historia en la medicina.
—No te preocupes por mí, mi amor. Los médicos de la familia ya me dijeron que, si descanso bien, el veneno no se propagará. A partir de ahora me cuidaré muchísimo, no quiero darte más dolores de cabeza.
Doña Isabel se sintió culpable al ver la expresión seria de su nieta.
—Es cierto que debes cuidarte, abuela, pero también tenemos que eliminar ese veneno de tu cuerpo.
—Pero tu tío Marcelo me dijo que este veneno es muy complejo. Él ha estado investigando y solo puede contenerlo, no eliminarlo...
—No te preocupes. Ya encontré el antídoto.
Esas palabras cayeron como un rayo en la habitación. Marcelo y Don Hipólito dieron un respingo.
—¿De verdad? —exclamó Marcelo—. ¡Roxana! ¿Lograste formular el antídoto?
—¡Niña! ¿Cómo lo hiciste? —Don Hipólito apenas podía creerlo—. ¿No decías que faltaba un ingrediente crucial que no lograbas descifrar?
Aunque los demás no dijeron nada, los miraban con la misma expectación.
En lugar de dar largas explicaciones, Roxana sacó su teléfono y envió la receta médica al grupo de chat de la familia. Ese grupo solía estar muerto, pero el mensaje encendió una chispa de inmediato.

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