—Conozco las coordenadas exactas de una base secreta oculta dentro del Hospital Edson.
Desesperado por salvar su propio pellejo, Sebastián soltó la bomba sin dudarlo.
Roxana lo miró de arriba abajo. El traje le quedaba pequeño, el cuello de la camisa estaba percudido; era evidente que la estaba pasando muy mal.
Pero no iba a confiar en él tan fácilmente.
—Sebastián, si la memoria no me falla, hace menos de dos minutos intentaste atacarme por la espalda. ¿Por qué le creería a alguien que quiere lastimarme?
—¡No, no, te lo juro! —Sebastián sacudió la cabeza con desesperación—. ¡No me atrevería a mentirte! Eres amiga del Príncipe Zachary y sobrina de Bernardo Montes. ¡Ni aunque tuviera cien vidas me atrevería a engañarte! Lo de hace rato... fue un impulso estúpido. No quería hacerte daño, solo quería asustarte para que me escucharas.
En los últimos días, Sebastián había vivido como una rata de alcantarilla.
Sus antiguos rivales comerciales no habían dudado en pisotearlo cuando cayó en desgracia. Contrataron a unos vagabundos para que le robaran, le destruyeran sus documentos e incluso lo arrojaron al mar para matarlo.
Si no fuera porque un barco pesquero lo rescató de milagro, habría terminado huyendo con la cola entre las patas, igual que su sobrina Donia Salas.
Estaba furioso y humillado. Su único deseo era recuperar la vida de lujos y poder que tenía en M&R Global.
Sí, por un segundo la ira lo cegó y pensó en vengarse de Roxana. Pero tras sentir el poder de su patada, esa idea desapareció por completo.
Roxana lo miraba desde arriba, implacable, sin decir una palabra.
Pero esos ojos fríos y calculadores parecían leer sus secretos más oscuros, y Sebastián sintió un nudo de terror en el estómago.
Una presión asfixiante se apoderó de él.

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