Un ruido sordo de algo pesado cayendo al suelo rompió el silencio.
—¡Hermano!
Roxana Soler percibió un fuerte olor a sangre proveniente de la dirección del doctor a cargo. Alguien estaba arrodillado en el suelo, arrastrándose a gatas hacia adelante.
—¿Hermano?
—¡Director!
Las voces del doctor a cargo y del otro hombre sonaron al mismo tiempo.
Al escuchar la palabra «director», los labios de Roxana se curvaron en una sutil sonrisa. Por fin había llegado.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué no recibí noticias en todo este tiempo? ¿Y quiénes son estos dos? —preguntó Clemente al entrar. Paseó la mirada por la habitación y, al notar que en otra silla descansaba una chica de rasgos hermosos aparentemente inconsciente, interrogó de inmediato al doctor.
—No estoy seguro. Alguien me noqueó. Cuando desperté, estos dos estaban haciendo un desastre en mi oficina —explicó el médico mientras se frotaba el cuello.
Clemente notó la marca del golpe y supo que no mentía.
—¿Director?
En ese momento, el matón que sostenía el cadáver de su hermano lo fulminó con una mirada cargada de odio.
—¡Así que tú eres el director del Hospital Edson! ¡Eres un fraude! Dices ser un enviado de Dios, que quieres salvar al mundo, ¡pero asesinaste a mi hermano sin parpadear! ¡Voy a salir ahora mismo y le diré a todos que eres un asesino! ¡A ver cómo sigues engañando a la gente!
Clemente ni siquiera se dignó a mirarlo.
—Guzmán —llamó con voz neutra.
Roxana captó al instante el instinto asesino en el aire. Ese matón aún no podía morir. Si moría, no habría nadie que le fuera con el chisme a doña Dora Salas y se quedaría sin un buen espectáculo.
Por lo tanto, abrió los ojos lentamente. Como si fuera un movimiento involuntario, giró la silla, bloqueando justo a tiempo a la sombra negra que se abalanzaba sobre el matón. Luego se frotó la frente, se puso de pie y miró al doctor a cargo a sus espaldas, así como al anciano de cabello canoso y rostro afable que estaba frente a él.

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