De repente, hubo más ruido afuera de la puerta.
—¿Es esta la habitación, cierto?
—Sí, es aquí. Doña Dora nos lo dijo, ¿no? El médico de cabecera la invitó a su oficina. Llevan bastante tiempo ahí adentro, quién sabe qué estarán haciendo.
—¿Qué podrían estar haciendo un hombre y una mujer? Je, je. Aunque ya vi a esa chica antes. Tiene una piel de porcelana, hermosa como un ángel. ¡Hermano, en toda mi vida jamás he visto a alguien tan atractiva! ¡Más tarde tienes que dejar que disfrute un poco!
—¡Bah, no tienes remedio! La tipa está buena, pero no olvides que es la famosa Doctora Serena. Ten cuidado o no sabrás ni qué te mató.
—Es verdad, esa mujer es una mina de oro andante. Escuché que por tratar al señor Nader cobró tres mil millones solo por tres pastillas. ¡Uf! Yo ni en ocho vidas ganaría tanto dinero.
—¡Ya cállate! ¡La chica estará en nuestras manos en un segundo y tú preocupándote por no ganar dinero! ¡Idiota!
—Tienes razón, pero, ¿por qué no abre esta puerta? Parece que la hubieran asegurado por dentro.
—¡Hazte a un lado, déjamelo a mí!
Al escuchar que mencionaban a doña Dora, Roxana supo de inmediato que se referían a Dora Salas, la hermana de Sebastián Salas.
Habían llegado en el momento perfecto.
Cambió de plan.
Se sentó en la silla frente al médico de cabecera, agarró un bolígrafo para presionar el botón del seguro de la puerta y luego se dejó caer en la silla, fingiendo estar inconsciente.
Al instante, la puerta se abrió de golpe.
Dos extranjeros, vestidos con chalecos de cuero y con el cabello teñido de rubio, irrumpieron en la oficina.
—¡Hermano, eres increíble! ¡Abriste la puerta a la primera!
—Es solo que tú eres demasiado tonto.
—Oye, mira... parece que algo no anda bien con ellos.
—¿A qué le tienes miedo? De todos modos veníamos a llevárnosla, ¡así nos ahorran el trabajo!
Roxana, al oírlos acercarse, contuvo la respiración intencionalmente.
En ese momento, el médico de cabecera recuperó la conciencia por completo.

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