Roxana Soler sintió una mirada fija en su espalda. Se giró por instinto, pero no vio a nadie.
El director de la universidad la vio voltear de repente y pensó que había pasado algo. Miró en la misma dirección.
—¿Qué sucede? ¿Viste a algún conocido?
Roxana negó con la cabeza.
—No. Debió ser mi imaginación.
El director no dudó de sus palabras y entró con ella al salón privado.
—¡Mi pequeña Roxana! ¡Te extrañé muchísimo!
Apenas Roxana dio un paso adentro, una figura enérgica saltó hacia ella, empujando al director sin miramientos para darle un abrazo aplastante.
El director, que había sido empujado a un lado, tropezó unos pasos. Cuando por fin recuperó el equilibrio y vio que su preciada estudiante estaba siendo estrujada, empezó a maldecir.
—¡Ezequiel, viejo loco, suéltala! Roxana ahora está bajo mi cuidado. ¡Suéltala de una vez o te juro que te enveneno la comida!
Al Maestro Ezequiel le importó un rábano.
—¿Qué bajo tu cuidado ni qué nada? Roxana es mía. Y si te atreves a envenenarme, te aseguro que ella no te lo perdonará.
Roxana realmente no soportaba ver a dos hombres que, sumados, casi llegaban a los doscientos años, peleándose por celos frente a ella. Rápido, le lanzó una mirada de auxilio a Sonia.
En la memoria de Sonia, Roxana siempre había sido una joven distante y estoica, que rara vez mostraba sus emociones. Verla en una situación tan incómoda era algo nuevo.
Sonia se rio un rato disfrutando del espectáculo antes de decidirse a rescatarla.
—Aunque no nos hemos visto en un año, me alivia verte con tan buen semblante —comentó Sonia—. Eso significa que puedo presionarte para que me entregues nuevas partituras sin sentir culpa alguna.
Al principio de la frase, Roxana sintió calidez, pero al escuchar el final, esa calidez se esfumó de golpe.
Leandro frunció el ceño ligeramente al ver que Cristián rodeaba la mesa para acercarse a estrecharle la mano a su jefe. A Valeriano no le gustaba el contacto físico con extraños. Leandro se lo había advertido claramente a Alcira, pero era obvio que ella lo había ignorado.
Valeriano se mantuvo impasible. Ni siquiera miró de frente a Cristián. Dirigió su atención directamente a Alcira.
—Señorita Maldonado, insistió mucho en esta reunión. ¿De qué se trata exactamente?
Al ver que no le devolvían el saludo, la sonrisa de Cristián se congeló por un instante. Aunque ambos tenían casi la misma edad, la mera presencia de Valeriano emanaba una presión abrumadora.
Sin embargo, al recordar que Valeriano no podía ponerse de pie, el ego de Cristián se equilibró. «¿De qué sirve tener tanto dinero y poder si no eres más que un inútil?».
Cristián creyó que había ocultado muy bien sus pensamientos, sin sospechar que, desde el instante en que cruzó la puerta, Valeriano ya había leído cada emoción en sus ojos.
Alcira notó que Valeriano se negaba a darle la mano a su prometido y sintió una punzada de molestia ante tal arrogancia. Pero, recordando que ella era la que necesitaba un favor, suavizó el tono y explicó:
—Señor Sandoval, la verdad es que mi prometido y yo necesitamos su ayuda.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA