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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 1122

—Maestro Ezequiel, es un honor. No puedo creer que tenga la oportunidad de conocerlo hoy. Soy una gran admiradora de sus composiciones; he escuchado cada una de ellas cientos de veces. De hecho, en mi última competencia, toqué una de sus partituras y solo gracias a eso logré obtener el primer lugar.

Jacinto y Rodolfo se quedaron sin palabras.

¿Qué le pasaba a esa gente?

¡Qué falta de tacto!

Aunque el Maestro Ezequiel detestaba las adulaciones y los compromisos sociales, tampoco podía poner mala cara frente a todos.

—Si lograste el primer lugar, significa que tienes talento propio. Sigue esforzándote —dijo con cortesía.

Los ojos de la joven brillaron al recibir el elogio.

—¡Sí! Trabajaré aún más duro para no decepcionarlo, Maestro Ezequiel.

Al ver que los demás también parecían ansiosos por acercarse a adularlo, el Maestro Ezequiel buscó una excusa rápida para escabullirse, pero no sin antes recordarle a Jacinto:

—Cuando llegue S, avísame de inmediato.

Era muy raro que la pequeña visitara Veridia, ¡y él apenas se enteraba! Sin importar qué pasara, esa noche iba a pasar el rato con ella.

Jacinto asintió apresuradamente. Rodolfo, al ver que varios invitados seguían al Maestro Ezequiel hacia el interior, se quedó perplejo.

—Hermano, ¿el primo Ezequiel no es músico? ¿Cómo es que conoce a S? Y por la forma en que lo dijo, parece que es él quien está desesperado por verla. ¿No te parece extraño?

—¡No hay nada de extraño! —Jacinto ya sabía, por boca de su hija, que S era una chica muy joven, hermosa, y, además, la sobrina de Bernardo. Se apresuró a cortar de tajo las teorías conspirativas de su hermano menor—. No empieces a imaginar cosas raras. ¡Cuidado con hacer enojar al primo Ezequiel, sabes que no dudaría en armarnos un escándalo frente a todos!

Rodolfo no se atrevía a ofender al prestigioso Maestro Ezequiel, así que simplemente asintió.

—¡Señor Jacinto, señor Rodolfo! ¡Los autos de la familia Montes acaban de llegar a la rotonda principal! Estarán aquí en unos tres minutos.

Un empleado del servicio llegó corriendo desde el exterior, jadeando, para darles el aviso.

—¿Cuántos autos son?

—Siete autos, señor. Pero los de adelante y atrás parecen ser de escolta, están resguardando a los vehículos del centro.

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