Considerando el estatus y el poder que Mateo ostentaba actualmente, ¡ese cheque tenía que ser de al menos diez millones de pesos!
Al pensar en eso, madre e hija apenas podían disimular la sonrisa que se les formaba en el rostro.
Elba estaba eufórica. Había valido la pena acompañar a su madre a hacer este drama. Incluso si solo eran diez millones, sería suficiente para mantenerse a flote por un buen tiempo.
En cuanto tuviera el dinero, lo primero que haría sería comprarse un par de vestidos de alta costura. ¡De lo contrario, no podría volver a integrarse al círculo de la alta sociedad!
—Elba... —murmuró Yara.
Tras dudarlo un momento, Yara decidió intervenir. Después de todo, su imagen pública era la de una heredera amable y comprensiva. ¡No podía dejar que Roxana, que actuaba tan indiferente, la eclipsara!
Se acercó a Elba con una mirada de profunda preocupación.
—¿La tía y tú lo han estado pasando tan mal? ¡Se ven tan demacradas! —Se giró hacia la señora que fingía ser la niñera—. Doña Agustina, dígale a la cocina que traigan el exclusivo elixir revitalizante que iba a tomar esta tarde para ellas.
Aunque a Elba se le hacía agua la boca, le molestó que Yara lo ofreciera frente a todos los sirvientes, como si estuviera anunciando a los cuatro vientos que ella era tan pobre que no podía pagar ni una buena infusión.
—Dáselo a mi madre, Yara. Yo no quiero.
Luisa llevaba casi diez días sin poder disfrutar de un lujo como ese. Al escuchar la oferta, suspiró conmovida.
—Ay, Yara... no ha sido en vano todo el cariño que te di. Eres la única que piensa en compartir algo tan fino con su tía. No como otras personas en esta sala, que ni siquiera se han dignado a preguntarme cómo estoy. Supongo que es cierto lo que dicen: el cariño se nota en quien fue criado a tu lado.
El rostro de Mateo se oscureció. Estaba a punto de reprenderla cuando Roxana soltó una carcajada fría.
—Se nota que de verdad la estás pasando mal, tía. Un simple tazón de elixir es suficiente para que te arrastres a lamer botas. Qué lástima... mi preocupación no es tan barata, y no se la entrego a cualquiera.
Al ver que no solo no se disculpaba, sino que se atrevía a burlarse, Luisa enfureció aún más.
—¡Marina! ¿Escuchaste lo que acaba de decir tu hija? ¡¿No piensas educarla?!
Marina la fulminó con la mirada.
—Mi hija no dijo ninguna mentira. «No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti». Como su tía, ¿cuándo te has preocupado tú por ella?
—Y te advierto, tía —añadió Mateo con dureza—. Si vuelves a decir una sola palabra en contra de Roxana, ¡no me culpes si dejo de ser cortés!
¡Luisa estaba que hervía de rabia!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA