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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 743

Al escuchar la palabra «pagar», Luisa se encogió aún más en su silla de ruedas.

Casi se había gastado toda su dote. Olvídate de pagar compensaciones; apenas tenía dinero para comprar sus medicamentos.

—M-Mateo, por favor... —tartamudeó Luisa—. Tu padre es mi hermano mayor. Que me enoje y le diga un par de cosas no es un crimen imperdonable. Si tanto les molesta, devuélvanme los insultos y ya. Pero hablar de dinero entre familia... ¿no te parece demasiado frío? Además, si tu padre no hubiera cruzado la línea esta vez, yo jamás habría dicho todo eso.

Elba, por su parte, ya no se atrevía a secundar a su madre como solía hacerlo. A la persona que más le aterraba en toda la familia Soler era a ese hombre que tenía enfrente, apodado «El Solitario».

Desde niña había presenciado los métodos implacables de su primo y sabía perfectamente cómo terminaban los que lo hacían enfadar.

La mirada de Mateo era tan afilada que parecía atravesarles el alma.

—A ver, tía, explícame: ¿cómo te ofendió mi padre?

Al mencionar el tema, el resentimiento de Luisa hizo erupción como un volcán, y las quejas se agolparon en su garganta.

—¡A tu padre ya no le importo en absoluto! Primero, mandó a Nicanor a la prisión de Puerto Esperanza y se desentendió por completo. Y ahora que por fin logramos volver a Veridia, mi cuerpo me traiciona y termino internada en el hospital.

Luisa apretó los puños, levantando un poco la voz.

—¡Llevo su misma sangre! ¡Estoy ahí porque estoy enferma! Antes, jamás tuve que pagar un centavo por atenderme en nuestro hospital. Pero desde la semana pasada, la administración me está exigiendo que pague la factura, ¡y hasta amenazaron con echarme a la calle si no cancelo en siete días! Creí que era un error y pedí que revisaran mi cuenta, pero me dijeron... ¡que fueron órdenes directas de tu padre!

Luisa golpeó con fuerza los reposabrazos de la silla, intentando darse aires de autoridad.

—Dime, Mateo, ¿en qué familia de Veridia se obliga a un pariente a pagar en su propio hospital? ¡Por Dios! Si un paciente pobre llega, hasta le hacen descuentos o le perdonan la deuda. Entonces, ¿por qué son tan miserables conmigo, que soy su propia sangre? ¡Me están empujando a la muerte!

Elba, que había estado guardando silencio, sintió que ya no podía contenerse más tras escuchar a su madre.

—Y hay más, primo. Desde que mi madre y yo volvimos, mi padre no ha puesto un pie en el hospital para vernos. Pensamos que estaba ocupado reuniendo el dinero para ayudarnos, pero no. ¡Aprovechó que mi madre estaba internada para vender las últimas joyas que le quedaban y apostar todo el dinero!

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