En el auto.
Por segunda vez, Roxana Soler tuvo la extraña sensación de que alguien la observaba y miró de inmediato por la ventanilla.
Aprovechando que el auto giraba, alcanzó a divisar a Alcira y Cristián parados en la entrada del Restaurante El Mirador.
El director notó su movimiento y le preguntó, intrigado:
—¿Qué pasa, muchacha?
Roxana apartó la mirada con indiferencia.
—Nada. Solo vi a dos personas que no tienen ninguna importancia.
El director, conociendo su carácter distante, no indagó más. Hizo una pausa y luego retomó el tema que Sonia había mencionado antes.
—Dime, ¿tienes algún inconveniente con que el Concurso de Música Dorada se celebre en la Universidad del Sur?
En ese instante, Roxana recibió un mensaje de Julián, avisándole que el comprador de la subasta seguía insistiendo para agendar una cita médica. Mientras respondía el mensaje, contestó sin apartar los ojos de la pantalla:
—Tú decides. A mí me da igual.
Al escucharla, el director se acarició su pequeño bigote, pensativo.
—De acuerdo, daré la orden para que lo organicen. Lo programaremos después de los exámenes de la Academia de Élite; así también podrás relajarte un poco.
Roxana no se inmutó. En realidad, solo estaba en la Universidad del Sur para conseguir su título universitario y darle tranquilidad a su familia biológica. El resto no le importaba en absoluto.
Apenas terminó de responderle a Julián, apareció una notificación. Era un mensaje de alguien registrado como M.
[Ya es hora de sacar la nueva colección de esta temporada. No me importa qué tan ocupada estés, necesito los bocetos. Además, hay un desfile de modas que quiere invitarte como invitada de honor para el gran cierre y ya les dije que sí. Si sigues viva, contéstame el mensaje].
Incluso a través de la pantalla, Roxana podía sentir el fuerte tono de reproche de la otra persona.
—Director... ¿A cuántas personas les ha contado sobre mis asuntos en la universidad?
El director, que en ese momento saltaba de alegría interiormente porque Ezequiel acababa de enviar una foto de él y Roxana al grupo, sintió un escalofrío al escucharla. Trago saliva, sintiéndose culpable.
—No a mucha gente... Solo hice un par de comentarios en el grupo donde suelo platicar. Puros viejos aburridos con los que hablo de vez en cuando.
Roxana tenía muchas identidades secretas y, para no causar problemas, siempre procuraba mantener a sus contactos separados. Si no fuera porque el director y Ezequiel se conocían desde hacía décadas y a ambos les encantaba el chisme, habría podido mantener su anonimato por mucho más tiempo.
Por suerte, de todos sus conocidos, solo esos dos compartían esa afición por hablar de más. Si todos sus contactos se llegaran a juntar, sus secretos quedarían expuestos ante el mundo entero.
—Deme su celular —exigió Roxana, extendiendo la mano.
El primer instinto del director fue negarse. Después de todo, por querer presumir, había escrito algunas cosas bastante empalagosas. Pero al ver el rostro inexpresivo y serio de Roxana, no tuvo más remedio que entregarle el aparato.
Roxana abrió el grupo. No había muchas personas, apenas cuatro. Aparte del director y del Maestro Ezequiel, los otros dos eran investigadores en biología. Definitivamente, la fuga de información no venía de su lado.

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