Valeriano Sandoval y Roxana Soler, quienes habían sido los primeros en retirarse, esperaron en las sombras hasta que el resto se dirigió al salón principal para finalmente salir a la luz.
—Roxana, ¿hace un momento provocaste a Yara a propósito?
Roxana apartó la mirada con tranquilidad.
—Sí. Ella no está en mis planes para esta noche y temía que me arruinara las cosas.
—Pondré a mi gente a vigilarla. Si intenta interferir en lo que tienes planeado, la mandaré encerrar sin dudarlo.
Roxana alzó la vista, mirándolo con sus ojos claros y profundos.
—¿Y no vas a preguntarme qué es exactamente lo que planeo para hoy?
Valeriano esbozó una media sonrisa. Levantó la mano y le acunó el rostro con delicadeza.
—Eso no importa. Sin importar lo que hagas, te apoyaré en todo.
Roxana sintió un leve vuelco en el corazón. Un escalofrío, parecido a una corriente eléctrica, le recorrió el cuerpo entero, acelerando su pulso.
—¿Tanta confianza me tienes? ¿No temes que te esté usando?
Valeriano dio un paso al frente. Ya estaban cerca, pero con ese movimiento, sus cuerpos quedaron prácticamente pegados.
—No tengo miedo a eso. A lo único que le temo es a que no sientas nada por mí.
Mientras hablaba, apretó un poco más la mano de Roxana, rozando casualmente su palma con la yema de los dedos. Ese roce involuntario la hizo estremecer. Una tensión innegable, cargada de intimidad, flotaba entre los dos.
—Parece que eres muy experto en seducir.
Valeriano alzó ligeramente la mirada; sus ojos eran tan profundos como el océano, capaces de robarle el aliento a cualquiera. Al segundo siguiente, se inclinó y depositó un beso reverente en el dorso de la mano de ella.
—Roxana, ¿puedo interpretar tus palabras como una señal de que ya estás perdidamente enamorada de mí?

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