Más de la mitad de las elegantes sillas estaban tumbadas y la alfombra estaba marcada con huellas de zapatos de todos los tamaños, convirtiendo el lugar en un laberinto sin salida.
Los invitados se dispersaban en todas direcciones.
Algunos se apiñaban cerca de la salida más alejada, con rostros pálidos y miradas de terror.
Otros se refugiaban en los rincones ciegos del salón, vigilando su entorno con nerviosismo.
Unos pocos se habían quedado inmóviles en su lugar, incapaces de escapar debido a los empujones, intentando a duras penas no ser pisoteados mientras sus lujosos trajes y vestidos se llenaban de manchas y pisotones.
La escena era un caos desgarrador.
Era la primera vez que Hilda y Mónica Montes vivían algo así; ambas contuvieron el aliento.
Fue en ese momento cuando notaron a un grupo de guardaespaldas formando un muro protector en la parte exterior.
Gracias a ellos, los que estaban en la primera fila no habían sido arrollados por la multitud aterrada.
—Papá, estos guardaespaldas...
Marcelo Montes analizó a los hombres, viendo su postura disciplinada, y negó suavemente con la cabeza.
—No los contraté yo, y tampoco parecen ser de la familia Montes.
—Son de Roxana —explicó Bernardo Montes—. Ella sospechaba que las cosas se saldrían de control esta noche, así que los disfrazó de camareros y los posicionó estratégicamente.
—¿Ya lo sabía? —Marina Montes de Soler se quedó boquiabierta. Miró a Roxana, que estaba a cierta distancia, y suspiró angustiada—. Algo tan grave... ¿Por qué no nos lo advirtió?
—Seguro no quería preocuparnos —la consoló Rafael Soler, sin apartar la vista de su hija—. Pero mientras esté con Valeriano y el príncipe, dudo que corra peligro.
—¿Cómo llegamos a esto? ¡Con el príncipe presente, qué audacia la de atreverse a hacer algo así! —murmuró Marina, sin poder comprenderlo.
—Gema, ¿esto también fue parte de tu plan con Roxana? —preguntó Bernardo en voz baja a la mujer a su lado.
Gema Carrillo no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en Roxana, a unos metros de distancia.
Roxana asintió sutilmente hacia ella.
La expresión de Gema cambió y le murmuró a Bernardo:

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