¡Patricio, sin querer darle margen de error, apretó el gatillo sin la menor duda!
El destello plateado de la bala cruzó la sala, más brillante que las luces del salón. Por una fracción de segundo, iluminó los rostros de los presentes, revelando sus verdaderos pensamientos.
Yara, que estaba huyendo a hurtadillas, se giró al escuchar los gritos de Valeriano y Zachary. Al ver a Patricio disparar contra Roxana como un lunático, la sonrisa que brotó en sus labios fue tan natural como respirar.
¡Roxana iba a morir!
¡Por fin había llegado el día!
Clemente y Nader también cambiaron de expresión al ver la escena.
—¡Detente! —bramó Clemente desesperado.
Roxana era el espécimen más perfecto que había encontrado hasta la fecha. ¡No podía dejar que muriera!
A lo lejos, Mateo y Bernardo también intentaron intervenir, pero era inútil.
Todos observaron con horror cómo la bala volaba directamente hacia el entrecejo de Roxana.
En esa fracción de segundo, el cuerpo de Roxana se inclinó hacia un lado con una flexibilidad imposible. La bala le rozó la piel, dejando una estela de aire hirviendo antes de incrustarse en la pared blanca a sus espaldas, dejando tras de sí un agujero negro.
En ese instante, fue como si el tiempo se hubiera detenido. El silencio era tan absoluto que se habría escuchado caer un alfiler.
—Eso... ¿cómo es posible? —murmuró Yara, atónita. Su rostro era una mezcla de estupor, frustración e ira.
Su sonrisa aún no había desaparecido del todo, lo que le daba a su rostro un aspecto grotesco y retorcido.
Debido al inmenso silencio, Mateo y Bernardo lograron escuchar su murmullo lleno de rabia.
Ambos la miraron con tanta frialdad que parecía que observaran a una desconocida.
Antes de que pudieran decir nada, el resto de los invitados comenzó a exclamar con asombro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA