Al ver el rostro lleno de angustia de su hermana Marina, Bernardo Montes se apresuró a consolarla.
—No te preocupes. Roxana no es impulsiva, sabrá protegerse. Además, Valeriano está con ella; no permitirá que le pase nada malo.
Rafael y Marina sabían perfectamente cuánto valoraba Valeriano a su hija y no dudaban de que daría la vida por protegerla, pero eso no disminuía su preocupación como padres.
—¡Mateo! ¡Envía a alguien de inmediato a ver qué sucede! Si notas algo raro, trae de vuelta a tu hermana y a Valeriano en este instante.
—¡Exacto! Nuestra hermana acaba de volver a casa, ¡no puedes dejar que le pase nada! —añadió alguien con voz agitada.
Quien habló cojeaba ligeramente, lastimado durante el escape. Rafael y Marina observaron boquiabiertos a la persona frente a ellos: llevaba un vestido y un maquillaje cargadísimo.
—¿Y tú quién eres...? —preguntó Marina, parpadeando confundida.
La persona se apresuró a quitarse los accesorios del disfraz y se limpió la cara toscamente con una toalla.
—¡Soy yo, Patriciano!
Las expresiones de duda de los presentes se transformaron rápidamente en miradas de absoluto desdén.
—¡¿Por qué te vestiste así?! —exclamó Rafael.
—¿No podías asistir a la gala como una persona normal? ¡Qué necesidad de andar con disfraces raros! —le regañó su madre.
Patriciano sintió que las mejillas le ardían, pero al escuchar las preguntas de sus padres, infló el pecho y respondió con orgullo:
—Fue Roxana. Me buscó en secreto y me pidió que me vistiera así para ayudarla a recopilar información. Me dijo que este era un trabajo que solo yo podía hacer a la perfección.
Mateo Soler bajó su teléfono móvil y, con una frialdad absoluta, replicó:
—¿No será más bien que, como eres tan torpe, no se atrevió a darte una tarea más importante?
Patriciano se enfureció.
—¡Estás celoso!
Mateo lo miró de reojo con displicencia.

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