Todas las miradas de la sala siguieron el dedo acusador de Dora Salas y se clavaron en Roxana, quien caminaba con tranquilidad detrás de Mateo Soler.
Ella era la genio médica de la que todo el mundo se acababa de enterar: la legendaria Doctora Serena.
Debido a su perfil bajo y a su indiscutible talento, todos los presentes habían desarrollado un profundo respeto hacia ella. Escuchar que una figura tan eminente había envenenado a una niña inocente fue un golpe brutal para todos en el salón.
Mateo ni siquiera se había dado cuenta de que su hermana había entrado. Al ver a Dora señalarla, volteó y la vio parada justo a sus espaldas.
Se apresuró a interponerse entre ella y la multitud.
—¡Te dije que no entraras! ¿Por qué nunca me haces caso?
Roxana le dedicó una sonrisa suave.
—Tranquilo, Mateo. No me va a pasar nada.
Al ver su absoluta serenidad, Mateo dedujo que ya tenía un plan para solucionar la situación, así que decidió dar un paso atrás.
—¡Roxana! —exclamaron al unísono Marina y Rafael Soler. A diferencia de Mateo, los padres estaban pálidos del susto.
—Estoy bien, papá, mamá —los calmó brevemente. Luego, su mirada se dirigió hacia Wilfredo y Dora. Con un tono gélido, preguntó—: Las palabras se las lleva el viento. ¿Tienen pruebas?
Los invitados, que segundos antes habían empezado a dudar de ella, ahora se voltearon a mirar al matrimonio.
Una acusación tan grave debía estar respaldada por evidencias irrefutables.
Pero Wilfredo y Dora se quedaron paralizados.
Cuando Roxana los había llevado a la sala VIP para darles la instrucción, ni por un segundo se les ocurrió grabar o guardar alguna prueba.
—¿No tienen nada? —Al ver cómo se ponían rojos como tomates, Roxana soltó una burla sutil—. Envenenar a alguien no es un delito menor. Si lanzan acusaciones sin pruebas, serán ustedes los que enfrenten cargos legales.
En el sistema de justicia del País M, la difamación y las acusaciones falsas de intento de asesinato se castigaban con una severidad implacable.
Wilfredo, presa del pánico, gritó:
—¡Juro por Dios que decimos la verdad, o que me pudra en el infierno cuando muera!
Los presentes se quedaron en shock. No esperaban que recurriera a un juramento tan dramático para defenderse.

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