Wilfredo ni siquiera se detuvo a pensar por qué su esposa había conservado la mitad de la pastilla; solo se alegró al ver que tenían una prueba a su favor. Miró a Roxana con una sonrisa triunfante y desafiante.
—Las personas mienten, pero la ciencia no. ¡En unos minutos demostraremos nuestra inocencia!
Nader, desde su silla de ruedas, miró a Roxana en silencio. En el fondo, estaba más inclinado a creer que Roxana lo había envenenado, sobre todo porque él mismo había enviado mercenarios a atacar la mansión de la familia Montes para lastimar a Bernardo.
Pero, al mismo tiempo, pensaba que Roxana no era una persona impulsiva. Si ella realmente quisiera matarlo, lo haría sin dejar un solo rastro. Jamás habría utilizado a un par de idiotas incompetentes como Wilfredo y Dora para hacer el trabajo sucio.
Sin embargo, se guardó todas esas deducciones para sí mismo.
Los invitados, al ver que Dora realmente tenía una pastilla en sus manos, comenzaron a dudar nuevamente.
—Dices que mi hija te dio esa pastilla, ¿acaso tienes alguna prueba para demostrarlo? —preguntó Marina, furiosa al ver cómo Dora lanzaba acusaciones al aire.
Dora, por supuesto, no tenía cómo demostrar que Roxana se la había dado. Si la tuviera, ya la habría mostrado hace mucho tiempo.
Así que, sin dudarlo, lanzó una mirada venenosa hacia Marina.
—¿Y ustedes qué? ¡Solo nos atacan porque saben que no tenemos otra prueba! Si hubiera sabido que la prestigiosa familia Montes era tan abusiva y experta en cambiar la versión de los hechos, ¡créame que habría grabado todo!
Dora intentó ensuciar el nombre de la familia Montes, presentándolos como tiranos abusivos frente a la alta sociedad, con la esperanza de ganarse la simpatía de los demás.
Pero las personas presentes no eran tontas. Puede que no conocieran del todo a la Maestra Serena, pero sí conocían a Bernardo Montes y sabían perfectamente que él no se prestaba para ese tipo de bajezas. Así que, nadie hizo eco de sus palabras.
El ambiente en el salón se volvió extremadamente tenso.
Valeriano rompió el silencio con una voz gélida y cortante:
—¿De qué te quejas? Quien acusa, tiene la obligación de presentar las pruebas. ¿No es ese el principio básico de cualquier sistema legal?
Dora se quedó atragantada con esas palabras. Tras unos segundos de confusión y rabia, gritó:
—¡Por eso mismo le he pedido al equipo médico del Príncipe Zachary que analice la mitad de esta pastilla!
—Un momento —interrumpió Roxana. Al ver que el equipo médico se acercaba cuidadosamente para tomar la prueba de manos de Dora, metió la mano en su bolsillo, sacó un pequeño frasco y de él extrajo una pastilla idéntica.

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