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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 1178

—Resulta que la famosísima Maestra Serena no es tan inaccesible como decían —murmuró alguien entre la multitud.

Al notar que varios invitados aún presentaban magulladuras, Roxana sacó otro frasco distinto.

—Estas píldoras son para estimular la regeneración celular y fortalecer el cuerpo. Tómenlas cuando lleguen a casa; les ayudarán a que las heridas sanen mucho más rápido.

Quienes ya habían comprobado la magia de las Píldoras de Claridad Mental se sintieron en las nubes. Uno por uno, se acercaron con reverencias y agradecimientos infinitos para recibir la nueva medicina.

Se marcharon bendiciendo el nombre de Roxana. Haber coincidido con la Doctora Serena ya era un golpe de suerte; recibir remedios directamente de sus manos era, sencillamente, un privilegio divino.

Escondida en las sombras desde que Clemente Carrillo se dio a la fuga, Yara Soler observaba la escena. Estrujó un arreglo floral cercano hasta despedazarlo, temblando de rabia.

«¡Es pura manipulación!», pensó, asqueada. «Y estos idiotas no se dan cuenta. Míralos, ¡besándole los pies como si fuera una santa! ¡Qué patéticos!».

Sin embargo, a medida que los invitados se retiraban, el lugar iba quedando peligrosamente vacío. Aterrada de que la descubrieran y la mandaran de vuelta a ese hospital que parecía una prisión de máxima seguridad, decidió escapar.

Corrió hacia la calle y se puso a buscar transporte. Por pura suerte, un taxi vacío se detuvo frente a ella.

Yara abrió la puerta trasera y, al notar que había alguien adentro, hizo el amago de cerrarla. Pero antes de que pudiera reaccionar, una mano la agarró por la muñeca y la jaló violentamente hacia el interior del vehículo.

Yara, muerta de miedo, empezó a forcejear, escupiendo amenazas con los nombres de Bernardo y Roxana.

—¡¿Qué te pasa, psicópata?! ¡Te lo advierto, mi tío es Bernardo Montes y mi hermana es la Maestra Serena! ¡Si me tocas un pelo, te juro que te van a destrozar la vida!

Una risa seca y rasposa resonó en el interior del auto.

—¡Ja! ¡Mírate nada más! Una huérfana repudiada por su propia familia, ¡y todavía tienes el descaro de usar sus nombres para darte ínfulas!

Yara se quedó helada. Quienquiera que fuera, conocía su verdadera situación.

—¿Quién demonios eres? ¿Cómo sabes todo eso?

—Ay, señorita Yara, la memoria le falla. ¿Ya se olvidó de mí, de su fiel empleada?

—¿Agustina? —Yara se giró de golpe, incrédula. La luz de las farolas iluminó el rostro de la mujer.

Era Agustina Méndez, la impostora a la que toda la familia Soler buscaba desesperadamente.

El rostro de Yara palideció de nuevo.

—¡Tienes el descaro de pasearte por aquí! ¡Si llamo a mis padres ahora mismo, te hundirán en la cárcel!

Agustina la miró con absoluto desprecio y la soltó.

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