Con esa explicación, Roxana comprendió de inmediato por qué el médico había acudido a ella en estado de pánico. Una picazón insoportable y dolores misteriosos sin causa aparente... ¡Esos eran los mismos síntomas que ella le había provocado a Nader!
—¿Nader cree que yo tuve algo que ver con esto? —preguntó directamente.
El médico se quedó atónito ante la franqueza de la pregunta. Tardó unos segundos en recomponerse antes de negar con la cabeza.
—No, en absoluto. El señor Nader no insinuó nada parecido. Simplemente me ordenó que viniera a suplicarle que la examinara.
Zachary, recordando el alboroto de hacía unos días sobre la extraña y repentina recuperación de Nader tras estar al borde de la muerte, la miró intrigado.
—¿Fuiste tú quien lo enfermó la primera vez?
Roxana asintió con naturalidad.
—Solo quería darle una lección para que no se metiera con mi familia.
Lo que no se esperaba era que ni los médicos privados de Nader, ni el mismo Clemente Carrillo, pudieran descubrir el origen de la toxina, dejando que la condición de Nader empeorara hasta casi matarlo.
De pronto, una pieza del rompecabezas encajó en su mente. Algo andaba mal.
Cuando Nader fue a la isla, aún no había roto lazos con Patricio Solís ni con Clemente. Su veneno estaba diseñado exclusivamente para causar dolor prolongado, no para matar. Sin embargo, Nader estuvo a un paso de la tumba.
Recordó las marcas en el cuerpo del magnate: se había rascado con tal violencia que las heridas parecían tajos, y extrañamente, no mostraban señales de cicatrización. Al principio pensó que era solo culpa de la desesperación de Nader, pero ahora, la situación apuntaba a algo mucho más macabro.
—¿Qué pasa? ¿Descubriste algo malo? —preguntó Zachary al notar que ella se detuvo en seco.
—No es nada. Entraré sola; ustedes quédense aquí.
Roxana empujó la puerta de la habitación.
Nader y Estela estaban junto a la cama, con los rostros desfigurados por la impotencia al ver a su hija retorcerse de dolor.
Estela, que no había parado de llorar, sintió que el alma le volvía al cuerpo al ver entrar a Roxana. Corrió hacia ella y, con la voz quebrada por los sollozos, le imploró:
—¡Doctora Serena, por lo que más quiera, salve a mi niña! ¡Es mi única hija, si la pierdo me muero! Si sigue enojada por lo que pasó antes, me pongo de rodillas y le suplico perdón...
Roxana la detuvo de inmediato antes de que sus rodillas tocaran el suelo. Aunque los Solórzano no eran santos de su devoción, ella era una profesional que no mezclaba las rencillas personales con la vida de un paciente.

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