Universidad del Sur.
—¡Es ella! Apenas entró y ya anda diciendo locuras de que le va a quitar el primer puesto al joven Caleb. Tsk, para mí, aparte de su cara bonita, es una inútil total, y su personalidad es todavía peor.
—¿Verdad que sí? Escuché que logró entrar a la universidad solo porque Yara Soler la recomendó. Si no fuera por ella, ahora mismo estaría en la calle buscando algún trabajo pesado.
—¿Cómo se atreve una perdedora que solo tiene el bachillerato a armar problemas aquí? ¡Me muero por ver cómo Caleb le da una lección de humildad!
...
Roxana Soler llegó a la cafetería. Al escuchar que todos a su alrededor murmuraban sobre ella, su expresión no cambió en absoluto. Se dio la vuelta con frialdad y miró fijamente a aquel grupo bullicioso.
Ellos no esperaban que los mirara con tanta intrepidez y seguridad, y se sintieron un poco intimidados por la pesada atmósfera que ella emanaba.
Al verlos acobardarse, Roxana esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo.
—¿Quieren burlarse de mí? Pues están destinados a decepcionarse. En vez de perder el tiempo criticándome, deberían estudiar más. Así, al abrir la boca, no soltarían ese olor tan fuerte a mediocridad.
Ante esa humillación, los estudiantes se enfurecieron de inmediato.
—¿A quién llamas mediocre?
—Solo eres una perdedora con título de secundaria, ¿qué derecho tienes a insultarnos?
—Creo que te hace falta una buena paliza. ¿No me crees capaz...?
Uno de ellos intentó abalanzarse, pero su compañero lo detuvo.
—¡Cálmate! Ten cuidado o terminarás siendo el próximo expulsado frente a toda la universidad.
El rostro del chico se tensó y, soltando maldiciones, bajó la mano.
Roxana ignoró su rabia impotente, se dio la vuelta y siguió sirviéndose la comida.
Tras recoger su plato, se dirigió directamente a un rincón apartado y se sentó sin prisa.
—¡Me las vas a pagar!
Apenas se había sentado cuando el chico que quería golpearla se acercó a advertirle.
Roxana sonrió sin una pizca de miedo.
—Claro, aquí te espero. Ojalá tengas el valor de venir.
—Tú... —El chico quiso insultarla de nuevo, pero su compañero se lo llevó a rastras, mirándola como si fuera una maldición andante.
Roxana apartó la vista, indiferente, y comenzó a comer con tranquilidad.
—¿Hay algo de lo que quieran hablarme?
Las dos chicas soltaron los cubiertos al mismo tiempo y se miraron nerviosas. La chica de gafas sin montura fue la primera en hablar.
—Hola, Roxana, me llamo Ximena Torres y ella es mi mejor amiga, Camila Yáñez. Desde que vimos lo que hiciste la última vez, te admiramos mucho. Escuchamos que aseguraste que superarías a Caleb para convertirte en la nueva número uno, así que queríamos venir a darte ánimos. ¿Sabes? Él lleva muchísimo tiempo en el primer puesto. ¡Si logras vencerlo, será algo realmente increíble!
Roxana había recibido la admiración de demasiadas personas, así que no mostró una alegría evidente ante sus palabras.
—¿No creen que estoy fanfarroneando? —preguntó.
—¡Claro que no! —Ximena negó con la cabeza de inmediato—. Confiamos en que tienes la capacidad para hacerlo.
No sabían qué pensarían los demás, pero Roxana no era alguien común. Ellas habían presenciado su destreza con sus propios ojos, así que, a diferencia del resto, no la veían como una fanfarrona sin talento.
Camila, la más tímida, también asintió.
—Sí, creemos que puedes ser la primera, y también estamos seguras de que jamás cometiste plagio. Yo estudio música y vi la partitura que improvisaste ese día. Decir que le copiaste a Marco Sarmiento es la mentira más grande del mundo. Tu obra es grandiosa pero llena de detalles delicados, tiene un nivel incluso superior al de nuestros profesores en la facultad. Marco jamás podría alcanzar tu talento.
Roxana sonrió suavemente.
—Gracias por el cumplido. Dices que estudias música, ¿tienes alguna obra de la que te sientas orgullosa?

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