Levantó la cabeza y fijó sus fríos ojos en el grupo, pero ellos seguían burlándose.
—Por favor, si con solo esforzarse se pudiera entrar a la Academia de Élite, los estándares serían ridículamente bajos.
—Exacto. Lo que se necesita ahí es talento. Los que no lo tienen deberían rendirse; a mayor esperanza, mayor decepción.
—Solo alguien tan terca como Ximena insistiría en venir a humillarse después de fracasar cinco veces. Si fuéramos nosotros, nos quedaríamos encerrados en clase por pura dignidad, en lugar de venir a hacer de payasos.
—Ustedes... —Camila, que no era buena para discutir, apretó los puños y no pudo articular ni una sola oración.
Sentía la garganta cerrada y un nudo amargo en el estómago.
Quería llorar; ya sentía el picor de las lágrimas, pero se resistía a derramarlas frente a quienes se burlaban de su amiga.
Al ver la soberbia en sus rostros, Ximena estaba al borde de la ira, pero sabía que discutir con ellos no llevaría a nada. Se mordió el labio, tragándose el enojo para consolar a Camila.
—No vale la pena enojarse con esta gente. Tranquila, ¡les cerraré la boca con mi talento!
Camila le creyó, por supuesto. Pero cuando el grupo escuchó sus palabras, rieron aún más fuerte.
A poca distancia, Caleb Valente escuchó gran parte de las burlas y su apuesto rostro se ensombreció.
¡Plaf!
Una botella de agua vacía golpeó directamente en la cabeza del chico que más se reía.
El muchacho se llevó la mano a la cabeza y miró furioso a su alrededor.
—¡¿Quién me lanzó esto?! ¡Da la cara!
—¡Ja!
Un bufido frío resonó desde un rincón.
El chico buscó el origen del sonido y vio a una joven alta y elegante salir de entre la multitud.
—Roxana... —intentó intervenir, pero Roxana la detuvo con un gesto.
Roxana miró al chico con desdén.
—Si la botella te golpeó, solo demuestra que tienes unos reflejos pésimos. ¿Cómo es que no pudiste esquivar algo tan simple?
—Tú... ¡No tienes argumentos! —balbuceó el muchacho, rojo de ira.
—¿Y no aguantas ni un poco de sarcasmo? —contraatacó Roxana—. Te reías con muchas ganas cuando te burlabas de otros, pero ahora que te toca a ti, tienes una cara de amargado que no puedes con ella. Vaya, veo que ya descubriste que no se siente bien.
Al ver que el chico seguía molesto, paseó la mirada por los demás.
—¿Desde cuándo el esfuerzo es motivo de burla? ¿Acaso todos ustedes nacieron en la línea de meta y por eso creen tener derecho a pisotear a quienes apenas están en la línea de salida, diciéndoles que su esfuerzo es humillante?
No habló en voz alta, pero todos los presentes pudieron escucharla.
Sus palabras fueron certeras e impactaron de lleno en muchos de ellos.

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