Los invitados no podían despegar los ojos del escenario. ¡Era increíble que el medicamento hiciera efecto tan rápido!
—¿De qué está hecha esa cosa? ¡Es milagrosa!
—Es tan rápida que asusta. ¿No tendrá efectos secundarios graves?
Al oír las murmuraciones, el subastador hizo un gesto al médico.
Este desató al paciente y le pidió que diera unos pasos.
El hombre dudó, pero después de unas palabras de aliento, tocó el suelo con la punta del pie.
Al darse cuenta de que el dolor punzante había desaparecido, se puso de pie lentamente.
Sus piernas, que antes se sentían como plomo hirviendo, ya no le dolían.
Llorando como un niño recién nacido, gritó:
—¡Gracias! ¡Muchas gracias, doctor! ¡Estoy curado! ¡Ya no me duele nada! ¡Puedo caminar! ¡Puedo saltar!
Para demostrarlo, empezó a saltar sobre el escenario, y su rostro rebosaba una felicidad que nadie podría haber fingido.
El médico levantó el frasco vacío y las cámaras lo enfocaron.
A través de las grandes pantallas, la multitud pudo comprobar que era el mismo recipiente que había mostrado la presentadora hacía un instante.
Con semejante prueba, todas las dudas se disiparon.
—¡Esa cosa hace efecto en segundos! ¡Eso no es medicina, es obra de Dios!
—Si no lo hubiera visto, jamás lo creería. ¡El M6, que te mata en tres días, derrotado con una sola inyección!
El subastador sonrió complacido y se aclaró la garganta, listo para empezar.
—Ya han sido testigos del poder de nuestra medicina. Ahora, anunciaremos el precio.
Una sola dosis basta para curar a un adulto y dos menores. ¡El precio inicial es de cien mil pesos! Las ofertas son libres, ustedes deciden cuánto añadir.
¡Que comience la subasta!
Todos esperaban una cifra exhorbitante, pero ¡empezaba en apenas cien mil pesos!
—¿Le agregaron algo?
—El olor del medicamento es muy extraño —explicó ella—. Sospecho que lo mezclaron con algo extremadamente dañino.
Julián no entendía.
—¿Por qué querrían lastimar a sus propios clientes?
Los ojos de Roxana se oscurerieron.
—Dañino no significa necesariamente físico... También podría afectar la mente...
¡La mente!
Un escalofrío recorrió la espalda de Julián, quien bajó la mirada hacia el primer piso.
Abajo, los compradores gritaban cifras, con las caras rojas y los ojos inyectados en sangre, peleando como animales por un pedazo de carne.
Parecían prisioneros luchando a muerte contra el destino.

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