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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 321

Los sentimientos de Cristián Mota en ese momento eran un torbellino de confusión.

Antes, siempre había pensado que Roxana Soler era una muchacha aburrida y fría, que no le llegaba ni a los talones a Alcira Maldonado.

Pero ahora todo era distinto.

La misma Roxana a la que había despreciado y tratado como basura se había transformado de la noche a la mañana en la genio musical «Estrella», alguien a quien todos debían admirar desde abajo.

Y ese seudónimo no solo representaba un talento inigualable, sino también una red de contactos con figuras de poder a las que la familia Mota jamás podría aspirar en toda su vida.

¡Era la mismísima «Estrella», alguien que se codeaba hasta con la realeza internacional!

La señora Elena pareció recibir un golpe bajo por el silencio del joven. Su rostro se desfiguró por la rabia y le reclamó a gritos:

—Cristián, ¿por qué no dices nada? Alcira es tu prometida. ¿Vas a quedarte ahí parado viendo cómo la humillan y la difaman?

Esas palabras hicieron que Cristián, quien ya estaba dudando, levantara la mirada hacia Alcira, que seguía en el escenario.

Se veía tan frágil, con el rostro desencajado y la mirada perdida, como una flor a punto de romperse bajo una tormenta.

El tiempo que habían pasado juntos no era una farsa; él realmente sentía algo por ella.

—Alcira, cometiste un error —dijo él por fin—. Pídele disculpas a Roxana. Ustedes crecieron juntas, compartieron la misma casa por más de diez años. Ella siempre ha sido de buen corazón y te ha perdonado muchas cosas. Estoy seguro de que no guardará rencor si te disculpas.

Alcira se quedó helada. Pensó que él daría la cara por ella, que la protegería de Roxana, ¡y ahora le estaba pidiendo que se humillara en público y admitiera su culpa!

¡Por qué tendría que hacerlo!

Esa arrastrada que le había querido robar a sus padres, su herencia y hasta a su hombre, ¡no tenía ningún derecho a exigirle una disculpa!

Además, se negaba a creer que Roxana tuviera el valor de demandarla.

—¡Cristián! ¿Cómo puedes pedirle a mi niña que se rebaje a pedirle perdón? —exclamó Elena, mirándolo con absoluta decepción.

Los gritos de la multitud caían como latigazos sobre Alcira. Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho.

¡Por primera vez en su vida estaba probando el amargo sabor de la ruina pública!

Al ver a su hija acorralada, Elena sintió que le clavaban puñales en el alma.

Quiso intervenir, pero un grupo de personas los rodeó a ella y a Ricardo Maldonado, lanzándoles comentarios mordaces y miradas de puro desprecio.

Ricardo jamás había pasado por una humillación semejante. Furioso, se soltó del agarre de su esposa y se abrió paso a empujones para huir del lugar.

—Robar mi obra sin autorización no es un simple error de juicio, es un delito —resonó la voz de Roxana, tan fría que helaba la sangre—. Y ya que la señorita Maldonado, una estudiante universitaria de prestigio, parece carecer de sentido común y moral, tendrá que aprenderlo por las malas y asumir las consecuencias legales.

Hizo una pausa antes de dar la estocada final.

—La notificación de mi abogado llegará a tus manos muy pronto.

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