Alcira la miró con los ojos desorbitados por el terror. ¿Cómo había terminado todo así?
Ella era quien debía estar recibiendo los aplausos y la admiración de todos, ¡y en cambio su reputación estaba destruida!
De pronto, las palabras de Cristián resonaron en su mente.
«¿Acaso no es mejor tragarse el orgullo y pedir perdón que terminar en los tribunales?»
Con los ojos inyectados en sangre y las lágrimas a punto de desbordarse, gritó como si le estuvieran arrancando el alma:
—Hermana, lo siento... No debí haber robado tu partitura. Te pido una disculpa... por favor... —apretó los dientes con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre en su boca—, perdóname.
En cuanto pronunció la última sílaba, gruesas lágrimas de humillación resbalaron por sus mejillas.
Incapaz de soportarlo un segundo más, tiró el micrófono al suelo y salió corriendo.
—¡Eres una malagradecida, una víbora! ¡La familia Maldonado te dio de comer por más de diez años y así es como nos pagas! —gritó Elena al ver huir a su hija. Estaba muerta de preocupación por Alcira, pero no iba a dejar ir a Roxana sin descargar su veneno.
Roxana la barrió con una mirada glacial.
—La supuesta deuda que tenía con ustedes quedó más que pagada en esos diez años de maltratos. Señora Elena, si ya se le olvidaron las palabras que dije el día que me fui de su casa, con mucho gusto se las refresco aquí mismo, frente a todos.
Ricardo Maldonado captó la indirecta de inmediato y palideció.
El día que Roxana se había marchado, advirtió claramente que, si volvía a escuchar las palabras «malagradecida» o «víbora» dirigidas a ella, contaría públicamente cómo la familia Maldonado la había adoptado únicamente para usarla como banco de sangre y luego intentar venderla al mejor postor para asegurar negocios.
La empresa de la familia era su vida entera. No iba a arriesgarse a perderlo todo, así que se giró y le cruzó la cara a Elena con una bofetada sonora.
—¡Ya basta! ¡Cierra la boca de una vez! —le gritó, desquiciado—. ¡Si no hubieras consentido tanto a Alcira, no nos habría hecho pasar por esta vergüenza! ¡En lugar de corregirla, sigues solapando sus estupideces! ¡¿Acaso quieres destruir a Roxana para sentirte feliz?!
Elena, que llevaba décadas casada con él, se quedó paralizada, tocándose la mejilla ardiente. Habían tenido sus discusiones, pero él jamás le había levantado la mano.
Y mucho menos frente a cientos de personas.
Después de soltar el golpe, Ricardo no esperó a ver las reacciones y huyó despavorido como un cobarde.
Cristián tragó saliva. Sabía perfectamente que Darío era el heredero de la familia Soler y que meterse con él sería un suicidio social y económico. Sin decir una palabra más, dio media vuelta y se marchó tragándose su furia.
Con Alcira fuera de escena, la competencia debía continuar.
Al saber que la mismísima «Estrella» estaba presente, el resto de los participantes tocaron como si su vida dependiera de ello, tratando de impresionar.
Cuando se anunciaron los puntajes finales, Yara Soler quedó en primer lugar.
Sin embargo, la victoria le supo a cenizas.
Escuchaba los murmullos a su alrededor: muchos comentaban que, de no haber sido por el escándalo de plagio de Alcira, su puntuación habría sido mucho menor.
Yara estaba que se la llevaba el diablo, pero tuvo que tragarse el coraje, sonreír forzadamente y aceptar el trofeo.
Esperó pacientemente hasta que el evento terminó por completo. Solo entonces encontró la oportunidad para acercarse al Maestro Ezequiel, justo cuando este se disponía a buscar a Roxana.
—Maestro Ezequiel, perdón que lo moleste. He escuchado que está buscando a un aprendiz. Usted siempre ha sido mi mayor ídolo y mi sueño es recibir sus enseñanzas. ¿Me concedería el inmenso honor de ser su estudiante?

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