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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 324

Al ver que Valeriano no daba el brazo a torcer, Darío le lanzó una mirada inquisitiva a Leandro.

Leandro, por supuesto, sabía perfectamente que su jefe estaba forzando su entrada a la cena exclusivamente por Roxana, pero sin una orden directa no se atrevía a abrir la boca.

Se limitó a negar con la cabeza, haciéndose el desentendido.

En ese instante, Valeriano giró el rostro hacia Roxana, que se había mantenido en silencio. Su tono de voz perdió la frialdad habitual y adquirió un matiz casi cuidadoso, como si tanteara el terreno.

—Señorita Roxana, ¿le molesta si me uno a ustedes esta noche?

Si le hubiera preguntado semanas atrás, Roxana lo habría mandado a volar sin pensarlo.

Pero las cosas habían cambiado.

Este hombre era su mayor cliente, su paciente bajo tratamiento y, para rematar, le había echado una mano en un par de ocasiones recientes.

Era solo una cena, no le veía el problema.

Lo único que le fastidiaba un poco era que tenía pensado hablar con sus padres sobre el tema del compromiso matrimonial, y con él presente, eso sería imposible.

—No me molesta —respondió finalmente.

Al escucharla, Valeriano relajó imperceptiblemente la tensión de sus hombros.

—¡Pero Roxana! —protestó Darío, indignado.

¡Era evidente que ese lobo disfrazado de oveja tenía segundas intenciones!

Roxana lo miró confundida.

—¿A ti te molesta, Darío?

Darío estaba a punto de gritar un rotundo «¡Sí!», cuando sintió una mirada gélida y opresiva clavándosele en la nuca.

No necesitaba voltear para saber que era Valeriano.

«De acuerdo», pensó Darío, tragándose el orgullo. «Vamos a ver qué teatrito planeas montar esta noche».

***

El Concurso Dorado concluyó con un éxito rotundo.

Al salir, Sonia fue muy estricta con la prensa: exigió que el rostro de Roxana no fuera publicado. Argumentó que aún era estudiante y no querían someterla a un circo mediático.

Los medios aceptaron sin chistar.

En la mansión de la familia Maldonado.

Alcira se encerró en su habitación apenas llegó.

Ciega de ira, comenzó a destrozar todo lo que encontraba a su paso. Arrojó lámparas, cosméticos e incluso estrelló contra el suelo su violín favorito, aquel que alguna vez cuidó como a un tesoro.

Abrió las puertas del balcón en el segundo piso y arrojó los pedazos de madera hacia el jardín.

En ese momento, vio que el auto de su padre entraba por el portón. Al recordar cómo le había gritado frente a todos, un escalofrío de pánico le recorrió el cuerpo.

Desesperada por manipular la situación, pasó la mitad de su cuerpo por encima de la barandilla del balcón.

Los empleados del servicio, al verla colgada en el aire, entraron en pánico y comenzaron a gritar aterrados.

—¡Señorita, por favor, entre! ¡No cometa una locura!

—¡Puede romper lo que quiera, pero no se haga daño!

—¡Cuidado, señorita!

Ricardo y Elena bajaron del auto, exhaustos física y mentalmente. Lo primero que vieron fue a su hija, vestida con un vestido ligero, balanceándose peligrosamente en la cornisa del segundo piso, como si un soplido del viento fuera suficiente para lanzarla al vacío.

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