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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 323

El Maestro Ezequiel, en efecto, tenía la intención de aceptar a una aprendiz, pero definitivamente no era ella, así que la rechazó sin rodeos.

—Lo siento, señorita, pero ya no estoy considerando esa opción.

El rostro de Yara palideció ligeramente, pero no estaba dispuesta a rendirse tan fácil.

—Maestro Ezequiel, si siente que aún me falta nivel, le prometo que me esforzaré el doble. Sé que tengo el talento necesario. Solo deme una oportunidad y le demostraré que puedo ser una alumna de la que se sienta orgulloso.

Ezequiel no era un hombre dado a los tactos sutiles ni a endulzar las palabras, y al ver la terquedad de la joven, decidió ser brutalmente honesto.

—La verdad es que no creo que tengas el talento suficiente. No cumples con mis estándares para ser mi aprendiz.

Esas palabras cayeron sobre Yara como un balde de agua fría.

Desde niña había destacado. Todos sus profesores le decían que era una superdotada, una joya en bruto.

Había construido toda su identidad y orgullo sobre esos halagos, ¿y ahora resultaba que para el Maestro Ezequiel ella simplemente «no daba la talla»?

El anciano, dándose cuenta de que había sido demasiado áspero, y recordando que la muchacha pertenecía a la familia Soler, intentó suavizar el golpe.

—Tienes buen nivel comparado con el promedio, no te lo niego. Pero la realidad es que ya elegí a la persona que quiero que sea mi discípula. De hecho, si regresé al país fue única y exclusivamente porque ella está aquí.

Yara sintió un nudo en la garganta. Básicamente le estaba diciendo: «Ya tengo a alguien mejor que tú, ¿para qué perdería el tiempo contigo?».

¡Ella acababa de ganar el primer lugar! ¿Quién diablos podría ser mejor?

De pronto, una idea cruzó por su mente y levantó la vista, asustada.

—Esa discípula de la que habla... ¿es Roxana?

—Exactamente —asintió Ezequiel, sin dar más explicaciones, y se alejó dejándola plantada.

***

—Roxana.

Aunque físicamente estaba más bajo que los demás por su condición, sus facciones esculpidas y esa imponente aura de autoridad hacían imposible ignorarlo.

Sonia y el Maestro Ezequiel se quedaron paralizados al verlo. La presencia de aquel hombre era abrumadora.

Estaba en una silla de ruedas, sí, pero no había ni un ápice de vulnerabilidad en él.

Se veía tan sereno y dominante que parecía estar sentado en un trono desde donde gobernaba el mundo.

Darío, que conocía bien la aversión de Valeriano por las reuniones sociales, entrecerró los ojos con recelo ante su repentino interés.

—Tú no estás bien de salud, no tienes que molestarte. Además, mis padres no se quedarán mucho tiempo; seguro mañana mismo toman un vuelo de regreso.

Valeriano, sin inmutarse ante la indirecta, respondió con voz calmada:

—Es una simple cuestión de respeto y educación. Que mis piernas no respondan no significa que haya perdido mis modales.

Cuanto más insistía en ir, más sospechoso le resultaba a Darío.

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