Guiados por el gerente del restaurante, Darío Soler y Valeriano Sandoval llegaron al segundo piso. Sin embargo, como Alcira había reservado dos habitaciones, no sabían con certeza en cuál estaba Roxana.
*¡Pum!*
De repente, un estruendo provino de uno de los reservados.
El corazón de Valeriano se encogió. Avanzó de inmediato en su silla de ruedas. Al darse cuenta de que la puerta estaba cerrada por dentro, le ordenó al gerente con voz férrea:
—¡Tumben la puerta! ¡Rápido!
Darío también sintió una punzada en el pecho al escuchar el ruido. Sin tiempo para cuestionar la intensa reacción de Valeriano, le ordenó al gerente:
—¡Ven, ayúdame a derribarla!
*¡Golpe!*
*¡Golpe!*
Desde la habitación contigua, Roxana escuchaba los embates contra la puerta. Una frialdad implacable y calculadora asomó a sus ojos.
¡Llegaban tarde!
Al tercer impacto, la puerta cedió con un crujido sordo.
Roxana lo pensó un par de segundos y finalmente decidió salir rumbo a la habitación de Alcira.
Darío y el gerente entraron primero. En cuanto percibieron ese espeso y peculiar aroma que flotaba en el ambiente, palidecieron.
Valeriano, que entró justo detrás, también sintió que algo andaba mal y empujó su silla directamente hacia el interior.
Temiendo que la frágil salud de Valeriano no soportara un enfrentamiento físico, Darío se apresuró a seguirlo.
Los gemidos de una mujer entrelazados con la respiración jadeante de un hombre formaban una melodía perversa y desgarradora que hizo que tanto Darío como Valeriano perdieran el color en el rostro.
Darío sintió un frío paralizante en todo el cuerpo. Apenas acababa de recuperar a su hermana. Si algo le ocurría en ese lugar, ¿cómo iba a darle la cara? ¿Cómo se lo explicaría a sus padres?
El atractivo rostro de Valeriano estaba ensombrecido, a punto de estallar. Al ver que Darío corría hacia el fondo con los ojos inyectados en sangre, detuvo de inmediato al gerente.
—Bloqueen este piso. ¡Nadie se va sin mi permiso!
—Sí, señor. —El gerente sabía que el asunto era gravísimo y no perdió ni un segundo en seguir las órdenes.
Valeriano avanzó un poco más con su silla de ruedas. Los jadeos eran cada vez más nítidos.
Ese sonido era como un cordel invisible que se le enroscaba alrededor del corazón, asfixiándolo, volviendo cada respiración un suplicio.
—¡Maldito infeliz! —rugió Darío al rodear un biombo decorativo y encontrarse con dos cuerpos que se retorcían juntos, enredados como hiedra.

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